Bienvenidos los viajeros que se apeen en este oasis, cuyas barcas amarren en este muelle... De todo corazón comparto estos relatos cortos surgidos de la contemplación, lo más ingenua posible, de una imágen y la escucha atenta de una melodía en particular.

lunes 30 de marzo de 2009

La Dama del Trueno (novela) Cap. 4


Capítulo 4 "El vestido de flores”

Ya era de dìa cuando Adriana despertò; semisentada, sobre el umbral de la puerta de la cabaña, con sus ropas hùmedas y completamente entumecida. Sus ojos al abrirse le confirmaron lo sucedido la noche anterior. En lo secreto de su corazòn esperaba que todo hubiese sido una pesadilla y nada màs, pero el automòvil sin crstales, los restos dejados por la tormenta y su presencia misma en aquel lugar eran demasiado elocuentes como para negar la realidad. Lo peor de todo, lo màs doloroso, era la desapariciòn de Julio. Tan angustiante la sentìa que se habìa quedado ya sin làgrimas tras una noche de desesperaciòn en la que habìa derramado su llanto incluso mientras dormìa.
La sangre que cubrìa el piso y gran parte de las paredes habìa desaparecido por completo. Vinieron a su mente las palabras de Isabel “No es màs que un truco barato”. Se puso de pie al recordar a la niña, y comenzò a buscarla. Se acercò al coche para ver en su interior, sin embargo no la encontrò allì.
Por doquier podìan observarse las huellas dejadas sobre la carrocerìa por la terrible noche pasada, con toda la violencia de los elementos naturales y sobrenaturales. Los pedazos de vidrio roto sobre la alfombra y el tapizado, los asientos hùmedos, el techo rasgado por las garras de aquellas aves surgidas misteriosamente de una metamorfosis imposible; todo estaba allì bajo las manchas de barro y las hojas adheridas al metal.
- Te despertaste.
Adriana volteò al oìr estas palabras y pudo ver a la pequeña ataviada con un fino vestido de exquisitos diseños primaverales. En sus manos sostenìa un ramo hecho con lavandas y una variedad de flores silvestres.
- Hola...todavìa estoy tratando de adaptarme a la realidad de esta pesadilla...
- No te preocupes -dijo Isabel entregàndole su ramo a modo de infantil consuelo- Todo va a terminar bien.
Adriana no quiso entrar en conflicto con aquellas palabras, despuès de todo era un niña quien las decìa. En lugar de ello prefiriò creer que eran ciertas ya que Isabel parecìa comprender a la perfecciòn lo que estaba sucediendo.
- ¿Donde conseguiste ese hermoso vestido? ¿Estaba en la cabaña?
La niña sonriò ante lo absurdo que le sonaba esa pregunta.
- ¡Pero no! Claro que no... no serìa quien soy si no supiera algo tan sencillo como confeccionar mi propia ropa con los petalos de las flores...
- Adriana permaneciò un momento contemplando a la niña, hasta de repente pensò que a lo mejor ella sabrìa algo de lo sucedido a su marido. Asì que temor en su voz se animò a preguntar:
- ¿Sabès que le sucediò a Julio?
- No. -respondiò la pequeña- Y para serte sincera toda la noche creì que estaba muerto pero ahora sè que no lo està. Mi madre es muy hàbil, por cierto...muy astuta. Lo debe haber enviado muy lejos...pero no lo matò.
Adriana que ya respiraba aliviada tras la noticia, indagò un poco màs.
- ¿Còmo sabès que està vivo?
- Puedo sentir su calor... durante la noche no, por eso es que temì lo peor. De todas formas no me quedo tranquila permeciendo acà, mejor serà ponernos en movimiento. ¿Sabès conducir esa cosa? -dijo señalando el coche.
- Poco un verdad... Julio me estaba enseñando pero tendrìa que aprender màs...
- Hoy terminaràs de aprender... -le dijo sonriendo la pequeña- La necesidad es la mejor maestra.
La mujer sintiò el peso de responsabilidad, y el de la obligaciòn tambièn. Sin duda era ella la mejor capacitada de las dos y hasta donde tenìa conocimiento no quedaban màs personas en el mundo que ellas dos y Julio, donde quiera que estuviese. La tranquilizò escuchar las ùltimas palabras de Isabel. La volvìan màs humana.
- No sabìa que ustedes, los seres elevados utilizaban refranes.
La niña se descostillò de risa.
- ¿¡”Seres elevados”!? Si conocieras a algunos de estos “seres” no los llamarìas asì. No, no, no. Somos...como decirlo...una comuniidad de trabajo. Todos tenemos un trabajo, como ustedes; y una cuota de poder como ustedes. Solo que nuestro trabajo es mayor y afecta a mucha màs gente y, por eso, nuestro poder es mayor...¡Y nuestra responsabilidad tambièn! Pero no, no usamos eso que llamas refranes. Esa frase se la escuchè a un peòn de campo. Nuestra comunicaciòn es un tanto frìa y formal por momentos.
- Ya veo...si tu propia madre te encerrò en un celda...
- En realidad eso tiene su explicaciòn pero no lo comprenderìas nunca; nuestra forma de pensar es muy diferente.
- Bueno -dijo Adriana- Nos vamos.
Antes de subir al auto limpiaron de hojas y cristales su interior. Luego, se sentaron y la mujer ayudò a Isabel a colocarse el cinturòn de seguridad. Cuando todo estuvo preparado sucediò lo impensado: las llaves no estaban puestas. Seguramente Julio las tendrìa en su bolsillo al momento de desaparecer.
- ¿Que pasa? -preguntò la niña.
- No estàn las llaves... -contestò Adriana angustiada.
- ¿Y eso es importante?
- Claro que sì. Sin ellas no se activa el mecanismo que enciende la chispa que empieza la combustiòn.
- ¿Combustiòn? ¡A mi juego me llamaron!
Isabel apenas moviò los dedos de su mano derecha y el motor arrancò.
- No me digas nada -dijo Adriana màs calmada- ¿Un fuego menor?.
- En realidad no...pero casi...quièn sabe como llamarlo cuando los lìmites son tan imprecisos. -contestò sonriendo la pequeña.
Antes de que terminara la frase el coche comenzò a avanzar dando algunos tirones aunque sin detener su andar.

(continuará)

Escrito por Christian Eric Lavin Prosen

domingo 29 de marzo de 2009

La Dama del Trueno (novela) Cap. 3 - versión definitiva


Capítulo 3 "¡Que viva el rey!"

Amanecía y bajo un cielo ceniciento, Ernesto –a quien todos apodaban “el maestro”- se encaminó hacia la orilla del mar portando sus implementos de pesca y acompañado del pequeño Jonás. Como tantas mañanas, clavó su porta-cañas en la arena mojada, armó la línea de pesca, encarnó el azuelo y, bajo la atenta mirada de su hijo, comenzó a atravesar las rompientes para lanzar el plomo lo más lejos posible.
Con un hábil movimiento sacudió la caña hacia delante. Mientras seguía la trayectoria del lastre, vio como un bote de madera se dirigía a remo hacia la costa con tres personas a bordo. Su diseño era más bien antiguo, como las ropas de su reducida tripulación.
Ernesto volvió a la orilla sin prestarles mayor atención y, tras fijar su caña al soporte de metal, Jonás le señaló el horizonte. El miró sobre su hombro creyendo que le indicaba el bote que acababa de ver pero grande fue su sorpresa cuando observó unos cientos de metros mar adentro a un enorme galeón con velas, aparejos y marineros yendo y viniendo sobre cubierta.
En lo alto de la majestuosa embarcación ondeaba orgullosa la bandera del reino de España.
- ¡Buen día, buen hombre! –dijo uno de los tripulantes al tocar tierra.
Por sus ropas y su porte, daba la impresión de mandar sobre los otros dos. No tenían uniformes por lo que Ernesto pensó que no se trataría de un viaje de graduación de cadetes o algo así. Por lo que sólo restaba considerar la posibilidad de que estuvieran rodando alguna película de época.
- ¿Podría indicarme vuestra merced qué tierras son éstas en las que me encuentro y qué fecha es la de hoy? –Interrogó el hombre a cargo del bote con exquisitos modales y un fino acento español.
- Es… es… esto en Monte Hermoso… -dijo Ernesto tartamudeando- …y hoy es 15. –agregó.
El hombre sonrió satisfecho, aunque preguntó una vez más.
- A riesgo de parecerle desorientado o impertinente… ¿podría asimismo informarme el mes y qué año del Señor es éste? –agregó amablemente el hombre.
- Si…-dijo Ernesto dudando- …hoy es 15 de abril de 2010. –
El hombre sonrió animado y se dirigió a los dos marinos que lo acompañaban:
- Es el lugar y el día correcto, vayan y díganle a su capitán que le agradezco de todo corazón la colaboración prestada y su hospitalidad durante los últimos dos años. Finalmente he arribado a mi destino. –
Luego los estrechó en un abrazo y desenvainando la espada que llevaba ceñida al cinturón, la levantó hacia el cielo agregando en voz alta:
- ¡Que viva el rey!-
- ¡¡ Viva el rey !! –le respondieron las voces.
Con este saludo, los dos marineros retornaron al bote y se alejaron de la orilla remando nuevamente en dirección al galeón.
Mientras Ernesto y el pequeño Jonás observaban sorprendidos la escena que se desarrollaba a su derredor, aquel particular personaje, que parecía llegado desde lejanas tierras y desde otro siglo, recogía su magro equipaje y les hizo señas para que lo acompañasen abandonando la playa y adentrándose en el pueblo. Ellos los siguieron como presos de un mandato hipnótico aunque en el fondo sabían que no era más que una enorme curiosidad. Fue así que recogiendo la línea recién lanzada y todos su equipo de pescadores, comenzaron a seguirlo.
El hombre, cansado, detuvo sus pasos en lo alto de una duna, se secó la frente y los invitó a sentarse sobre la arena. Los contempló detenidamente mientras su cuerpo comenzaba a relajarse como el de alguien que, luego de vivir en constante tensión por un tiempo prolongado, puede por fin descansar tranquilo y saborear la paz en su espíritu. Pasado un momento el misterioso hombre les habló.
- Veo en sus ojos curiosidad y muchas preguntas... yo también las tendría... -y luego abandonando su acento español por uno inconfundiblemente rioplatense agregó- ¿Saben? Yo también soy de por acá... de hecho nací en Mar del Plata y... ¡Dios! ¡No puedo creer que estoy tan cerca!
Luego de pronunciadas estas palabras el marino recién llegado dejó que las lágrimas largamente contenidas rodaran por su rostro como un represa rota inunda un valle, con el sabor agridulce de un tango repleto de añoranzas.
- Hombre...- lo consoló Ernesto- Tranquilo, ya está donde quería estar ¿no? -agregó “el maestro” disparando en la oscuridad.
- Si, si. -contestó el hombre secándose la cara- Estoy en el lugar correcto y en el momento justo. -y poniéndose de pie nuevamente preguntó- Si me pueden conducir hasta algún lugar donde reponer fuerzas se los agradeceré. Extrajo unas monedas de plata de una pequeñas alforja de cuero ceñida al cinturón y se las dió como retribución.
Ernesto las tomó en su mano pero inmediatamente se las devolvió diciendo:
- No, hombre...guárdelas, que es de gauchada nomás.
Mientras retomaban su caminar, Jonás se volvió hacia su padre y le dijo en voz baja:
- Huele a pescado...
El hombre sonrió, había escuchado al pequeño.


(continuará)

Escrito por Christian Eric Lavin Prosen

viernes 27 de marzo de 2009

El pichón caído


Cuando Aldana levantò el cuerpito frìo del suelo, apenas pudo adivinar que trataba de un ave muerta. A la intemperie, con su fràgil cuerpo, el pequeño habìa hecho frente a la naturaleza durante mucho màs tiempo del que se podìa pensar. Sòlo el sol, de tanto en tanto, le habìa dado fuerzas para mantenerse vivo hasta donde le fue posible.
Aquel pichòn parecìa haber dejado su ùltimo hàlito segundos antes de que esas suaves manos lo elevaran de su lecho humedo. Cualquiera podrìa decir que aguardaba la llegada de la jòven que ahora lo asistìa en su ùltimo trànsito.
Ella, conmovida y apesadumbrada por no haber llegado antes, lo mirò compasiva y maternalmente, aunque sus brazos temblorosos reflejaban la impotencia que la atravesaba.
Mirò hacia las copas de los àrboles buscando un nido expectante pero no lo hallò. Buscò a su derredor alguna madre con alas desesperada por hallar a su hijo...pero tampoco la encontrar. Al parecer estaba sòlo y sin hogar. Finalmente y en un acto sin motivos, soplò su propio aliento càlido sobre el pichòn sin vida. Lo hizo varias veces, tal vez queriendo compensar el no haber estado a su lado para cuidarlo cuando realmente lo necesitò. Pero màs que nada lo hizo por ella, para sentir que a pesar de todo pudo entregarle un pedazo de sì misma; por màs pequeño que fuera.
De repente, los ojos del ave se abrieron, y sus alas se agitaron ligeramente.
Aldana no creìa lo que veìa. Hasta sintiò miedo y casi deja caer al pequeño ser. Para mayor asombro, las plumas parecìan comenzar a despedir luz de sus extremos hasta que, finalemente, todo el pàjaro se cubriò de una luz resplandeciente y blanquecina. Su cuerpito habìa recuperado el calor y comenzaba a elevarse de las manos tiernas de la muchacha. No volaba aùn, sino que parecìa flotar.
Cuando estuvo a la altura de los ojos de Aldana, el pichòn tornose aùn màs brillante y si alguna vez algùn ave emitiò sonido humano, ella jurarìa que en ese instante le dijo “gracias”, tras lo cual comenzò a volar libre, luminoso y vivo.
La jòven, asombrada de todo lo ocurrido, permanecìa con la mirada en lo alto. Sòlo bajò la vista cuando se diò cuenta de que el pequeño bulto frìo aùn permanecìa entre sus manos.

Escrito por Christian Eric Lavin Prosen
el 16 de Marzo de 2009

Gracias por la espera

Muchas gracias a todos los que esperaron...necesitaba este tiempo. Ahora sí ahí van un cuento nuevo y el tercer capítulo de "La Dama del Trueno" en su versión definitiva. Próximamente el cuarto capítulo.

Gracias

jueves 29 de enero de 2009

Disculpas a todos


Pido disculpas a mis lectores fieles ya que por problemas de salud no me ha sido posible retomar la redacción de "La Dama del Trueno" ni impulsar la actividad de este blog.
Apenas me recupere de este trance prometo dedicar el merecido tiempo a este espacio.
Gracias por su paciencia.


Christian Lavin Prosen

martes 23 de diciembre de 2008

La Dama del Trueno (novela) Cap. 3

Capítulo 3 "¡Que viva el rey!"

Amanecía y bajo un cielo ceniciento, Ernesto –a quien todos apodaban “el maestro”- se encaminó hacia la orilla del mar portando sus implementos de pesca y acompañado del pequeño Jonás. Como tantas mañanas, clavó su porta-cañas en la arena mojada, armó la línea de pesca, encarnó el azuelo y, bajo la atenta mirada de su hijo, comenzó a atravesar las rompientes para lanzar el plomo bien lejos.
Con un hábil movimiento sacudió la caña hacia delante. Mientras seguía la trayectoria del lastre, vio como un bote de madera se dirigía a remo hacia la costa con tres personas a bordo. Su diseño era más bien antiguo, como las ropas de su reducida tripulación.
Ernesto volvió a la orilla sin prestarles mayor atención y, tras fijar su caña al soporte de metal, Jonás le señaló el horizonte. El miró sobre su hombro creyendo que le indicaba el bote que acababa de ver pero grande fue su sorpresa cuando observó unos cientos de metros mar adentro a un enorme galeón con velas, aparejos y marineros yendo y viniendo sobre cubierta.
Sobre la majestuosa embarcación ondeaba orgullosa la bandera del reino de España.
- ¡Buen día, buen hombre! –dijo uno de los tripulantes al tocar tierra.
Por sus ropas y su porte, daba la impresión de mandar sobre los otros dos. No tenían uniformes por lo que Ernesto pensó que no se trataría de un viaje de graduación de cadetes o algo así. Por lo que sólo restaba considerar la posibilidad de que estuvieran rodando alguna película de época.
- ¿Podría indicarme vuestra merced qué tierras son éstas en las que me encuentro y qué fecha es la de hoy? –Interrogó el hombre a cargo del bote con exquisitos modales y un fino acento español.
- Es… es… esto en Monte Hermoso… -dijo Ernesto tartamudeando- …y hoy es 15. –agregó.
El hombre sonrió satisfecho, aunque preguntó una vez más.
- A riesgo de parecerle desorientado o impertinente… ¿podría asimismo informarme el mes y qué año del Señor es éste? –agregó amablemente el hombre.
- Si…-dijo Ernesto dudando- …hoy es 15 de abril de 2010. –
El hombre sonrió animado y les dijo a los dos marinos que lo acompañaban:
- Es el lugar y el día correcto, vayan y díganle a su capitán que le agradezco de todo corazón la colaboración prestada y su hospitalidad durante los últimos dos años. Finalmente he arribado a mi destino. –
Luego los estrechó en un abrazo y desenvainando la espada que llevaba ceñida al cinturón, la levantó hacia el cielo agregando en voz alta:
- ¡Que viva el rey!-
- ¡¡ Viva el rey !! –le respondieron las voces.
Con este saludo, los dos marineros retornaron al bote y se alejaron de la orilla remando nuevamente en dirección al galeón.
Mientras Ernesto y el pequeño Jonás observaban sorprendidos la escena que se desarrollaba a su derredor, aquel particular personaje, que parecía llegado desde lejanas tierras y desde otro siglo, recogía su magro equipaje y les hacía señas para que lo acompañasen abandonando la playa y adentrándose en el pueblo. Ellos los siguieron como presos de un mandato hipnótico aunque en el fondo sabían que era más que una enorme curiosidad.
El hombre, cansado, detuvo sus pasos, se secó la frente y los invitó a sentarse sobre la arena.


(continuará)

Escrito por Christian Eric Lavin Prosen

viernes 19 de diciembre de 2008

La Dama del Trueno (novela) Cap.2


Capítulo 2 “La casa que sangra”

Adriana se volteó hacia el asiento trasero en el que se encontraba la pequeña con cientos de preguntas atorándose en su boca pero antes de que pudiera hacer ninguna, la niña dijo tomándole la mano:
- Tranquila, están a salvo por el momento... –y como adivinando sus pensamientos agregó- ...y no te preocupes, me encuentro bien. Por cierto, mi nombre es Isabel.
La mujer, completamente asombrada, volvió otra vez su vista hacia delante permaneciendo en silencio al igual que su confundido marido. Mientras la lluvia caía a su alrededor, el coche descendía en medio de la oscuridad más absoluta.
A lo lejos divisaron una débil luz a la vera del camino. A medida que se acercaban los esposos comenzaron a respirar aliviados; se trataba de una cabaña completamente iluminada. Seguro habría allí alguna persona que supiera algo de lo que estaba sucediendo, ya que ni lo que acababan de presenciar ni las explicaciones de Isabel les parecían reales. Necesitaban la “versión oficial”, no sus alucinaciones producto del pánico o las fantasías de una niña desquiciada.
Aunque el viento permanecía implacable sobre la arboleda, la lluvia no caía con la misma intensidad, pareciendo tan solo un fuerte aguacero. Adriana y Julio descendieron del coche y, tras envolver a la pequeña en una de las mantas que traían, se introdujeron en la casa.
La puerta estaba entreabierta por lo que, en vista de la tormenta, entraron sin golpear. Para su sorpresa la cabaña estaba vacía, aunque sobre una mesa había cuatro platos servidos con sopa caliente y una olla en el fuego. Los tres se sentaron. Isabel comenzó a tomar de uno de los platos como si nada hubiera sucedido, mientras temblaba de frío. De repente, Adriana se levantó impulsivamente de la silla.
- Un televisor.
Encendió el aparato pero no había señal en ningún canal y tras unos segundos de ruido blanco, comenzaron a escucharse nuevamente los mismos susurros inhumanos acompañados de risas siniestras.
- No puede ser... –exclamó Adriana- ¿Dónde están todos?
- Es Kariel –dijo la niña sin dejar de sorber la sopa.
- No comprendo... hay electricidad, no hay gente... esa tormenta salida de la nada... –continuó Julio, omitiendo toda referencia a los extraños fenómenos que acaban de presenciar.
- Es mi madre, -insistió Isabel- no dejará en paz este mundo mientras continúe buscándome.
Julio comprendió que no podía seguir negando la veracidad de aquella macabra pesadilla. La pequeña era la prueba viviente de que no se trataba de ninguna ilusión. Indignado con la realidad de semejante experiencia, golpeó la mesa con el puño e increpó a Isabel diciéndole:
- Ya mismo me vas a decir todo acerca de lo que está sucediendo, quién era esa mujer que vimos flotar en el aire, quién eres tú... ¡Todo!
La niña clavó su mirada sobre los ojos de Julio, hizo a un lado el plato que tenía frente de sí y le respondió con impaciencia:
- Lo vengo diciendo desde el primer momento. La mujer de cabellos rojos que vieron hace unos minutos es Kariel, mi madre. Ella es la dama del trueno, ama y señora de las tormentas. Ella es la que causó todo esto... y yo soy Isabel, su hija. Quiere darme caza, ya que he escapado de mi celda...
- ¡Todo esto es absurdo! –interrumpió Adriana- Nadie controla el clima, no existe ninguna “dama del trueno“...
- Tampoco existen personas que floten en el aire ni perros de colores que corran como si estuvieran volando... –reflexionó Julio, bajando la vista.
- ¿Cómo que no? –preguntó Isabel entre enojo y confusión- ...¿De manera que es cierto? No puedo creerlo... Siempre hubo rumores de que los humanos creían que la naturaleza se regía a sí misma, que desconocían nuestra existencia... pero jamás pensé que pudiera ser verdad. ¿¡Qué pensaban entonces!? ¿¡Que los terremotos, las inundaciones... la nieve, el viento... todo pasa porque sí!?
- Pues... sí. –contestó Adriana.
La niña se echó a reír.
- Es la estupidez más grande que escuché en mi vida...
Julio se enfureció y la abofeteó.
- Ten cuidado con lo que dices, pequeña... o ya verás. ¡No somos idiotas! Por lo que a mi respecta todo puede ser parte de algún acto de ilusionismo...
La niña furiosa guardó silencio; le dolía su mejilla y miró al hombre como si fuera a matarlo. Apoyó ambas manos sobre la mesa, sin apartar su mirada. En unos segundos comenzó a escapar humo por entre sus dedos, como si la madera estuviera ardiendo debajo de sus palmas. Luego las levantó dejando ver el perfecto contorno de sus manos grabado en fuego sobre la mesa, dejando dos agujeros sobre el mantel con idéntico dibujo.
Finalmente agregó desafiante:
- Yo soy Isabel, regente de los fuegos menores... y para que no se olviden: es gracias a mí que siguen con vida.
- No puedo creer lo que estoy oyendo... –dijo Julio dirigiéndose a su mujer.
Pero Adriana estaba muy ocupada tratando de escuchar lo que decían las voces del televisor.
- ¡Adriana! ¿Me estás escuchando? –preguntó su marido indignado.
Pero ella no respondió, su rostro mostraba aún más horror que antes.
- “La sangre”… las voces dicen que en esta casa correrá sangre... –
- Oh, yo no me preocuparía... –dijo Isabel imperturbable.
La mujer gritó señalando las paredes. De las paredes comenzaba a brotar sangre, de los techos, tras los cuadros, bajo la mesa, de dentro de la olla, también desde de la pantalla del televisor. Cuando un charco de sangre empezó a filtrarse por debajo de la puerta de entrada, Julio se puso de pie y se dirigió hacia ella.
- ¡No salgas! –le advirtió la niña- Es un truco barato.
Pero él, haciendo caso omiso a sus palabras, abrió la puerta y salió afuera. Allí la lluvia continuaba pero no se veía ni una sola gota de sangre. Detrás de su marido salió velozmente Adriana y, tras ella, también lo hizo Isabel.
Julio avanzó unos pasos en la oscuridad, dio media vuelta y cuando se encogía de hombros sin entender lo que sucedía, un tornado salido de la nada lo levantó en el aire como si fuera una hoja seca y tras elevar su chimenea, este se perdió en el cielo alejándose del lugar.
Adriana lanzó un grito desesperada y cayó de rodillas sobre el suelo como si hubiera recibido un disparo. Con el alma destrozada irrumpió en un llanto desconsolado. En ese momento la lluvia cesó y la voz de aquella mujer de larga cabellera roja se dejó oír como un trueno en todos lados:
- Estamos a mano.

(continuará)

Escrito por Christian Eric Lavin Prosen

La Dama del Trueno (novela) Cap.1

Capítulo 1 "La Tormenta"

Aquel atardecer calmo anunciaba lo que sería una perfecta noche estrellada. La leña seca crepitaba en la fogata prolijamente rodeada de piedras. Muy cerca, una carpa transparentaba el ir y venir de una linterna recorriendo cada rincón, cada bolsillo de las mochilas, cada pliegue de las bolsas de dormir, en una búsqueda infructuosa. Julio decidió por fin abandonar la empresa y retornó al tronco que, a modo de asiento, se apostaba a la vera del fuego.
El pequeño campamento se levantaba sobre un claro del bosque, oculto por cipreses, coihues y araucarias. Desde la altura, podía observarse los intensos destellos rojos que acompañaban a aquel ocaso mientras el sol se perdía entre las montañas.
De pronto, el murmullo de la pinocha quebrándose bajo unos pies, anunció la presencia de una mujer acercándose. Era Adriana que volvía trayendo un pequeño telescopio y una cámara fotográfica.
- Ah… -dijo Julio al ver a su esposa- encontraste la cámara, di vuelta la carpa buscándola…
- Como siempre…las mujeres somos más eficaces –contestó ella con una sonrisa.
Momentos más tarde, Julio ajustaba el telescopio en dirección a la luna para sentarse luego, otra vez, junto al fuego. Adriana también se acomodó cerca de la fogata y dirigió su mirada sobre los ojos grises de su esposo. Las llamas teñían su rostro de rojo, naranjas y ámbar transformando sus facciones de nuevo en las de aquel hombre joven del que se enamoró. La intimidad de un rincón escondido, el manto de estrellas que los cubría y aquella cálida luz que escapaba de los troncos encendidos poseía la magia de volver el tiempo atrás a aquel encuentro fortuito en la puerta de un restaurante. El brillo carmesí de las brasas vestía el rostro de Julio de igual forma que antaño lo habían hecho las luces de un cartel de neón.
Ese austero marco resultaba suficiente para hacer renacer un romance adormilado, entumecido por el paso del tiempo y la rutina.
Julio también la observaba. Le asombró la forma en la que el fuego jugaba con su pelo, cambiando sus tonos a cada instante. Recordó a la joven esbelta de ojos claros que le sonrió avergonzada tras buscar refugio bajo su paraguas en el preciso instante en que terminaba de llover. Sintió renovados deseos de acariciar sus manos, sus curvas y de detenerse en esos labios que acababa de redescubrir.
Apenas se percataron de las miradas mutuas bajaron la vista y sonrieron con timidez. La piel se les erizaba como a dos adolescentes enamorados. ¿Qué era este fenómeno que los estaba transformando tras nueve años de convivencia? Mejor no preguntar y dejarse llevar por aquella extraordinaria sensación.
- Tomémonos una foto. –propuso Julio queriendo capturar la magia de aquel momento.
Colocó la cámara sobre un gran tronco y se sentó junto a su esposa abrazándola como no lo hacía desde hacía tiempo. La luz potente del flash fue señal suficiente de un instante inmortalizado. Ambos esposos se besaron como si acabaran de dar el “sí” en el altar, con sus ojos cerrados, como dicta la ley del amor.
Sin embargo apenas los abrieron una segunda luz blanca iluminó el campamento con el misterio de su origen.
- ¿Qué fue eso? –preguntó Adriana- No vino de la cámara.
¿Acaso habría alguien más espiándolos? No era posible, nadie sabía de aquella “escapada” al sur. ¿Sería tal vez un mirón ocasional?
Enseguida el sordo crepitar de un trueno develó la incógnita. Los dos miraron el cielo, oscuras y densas nubes tomaban posesión de la noche estrellada devorando los astros sin piedad. Al mismo tiempo, numerosos relámpagos presagiaban una tormenta apocalíptica.
- ¿Que hacemos? -le preguntó Adriana a su marido.
Mientras se miraban sin respuestas, la tierra pareció sacudirse bajo sus pies y la cámara fotográfica cayó al suelo tras tambalearse unos segundos. Era claro que aquello no era algo normal. Estaba anunciado un cielo despejado con buena visibilidad y fue por eso que decidieron presenciar el eclipse en el descampado. ¿Y el temblor? No había dudas, lo que fuese que estuviera sucediendo era algo que escapaba a toda previsión.
Cuando comenzó a soplar un fuerte viento, por lo que Julio tomó la decisión de “levantar campamento”. Comenzaron por desarmar el telescopio y a juntar algunas mantas y cacharros apilados en las cercanías de la carpa. Pero, como si la naturaleza no estuviera dispuesta a darles un minuto de tregua, el viento se torno vendaval y comenzó a agitar las copas de los árboles como si fueran apenas pastos altos. Los destellos y el sonido de las descargas se multiplicaban aumentando el ritmo de sus corazones.
Julio le hizo señas a Adriana y juntos tiraron de los vientos del iglú arrancando las estacas en un único movimiento. Tras hacer un precario paquete con la tienda y su contenido le dijeron adiós al eclipse, a su “escapada” y al momento romántico que acababan de vivir.
Corrieron cuesta abajo por el sendero, chocándose con las ramas en su loca carrera. Tan solo les importaba llagar pronto hasta el auto y alejarse de aquella tormenta surgida de la nada. Por fin, encontraron el camino de tierra por el que habían subido hasta aquel paraje. Cargaron en segundos la carpa en el baúl del coche y apenas ubicados en sus asientos, Julio encendió el motor y pisó el acelerador, giró el volante hasta donde le fue posible y en una sola maniobra la trompa del automóvil quedó mirando hacia abajo y comenzó su descenso levantando una gran polvareda tras de sí.
En unos instantes, una noche apacible y despejada había sufrido una ominosa transformación: no se veía ningún astro en el cielo, un viento extremadamente fuerte sacudía los árboles como quisiera arrancarlos de raíz y los relámpagos se habían convertido en los dueños absolutos del horizonte. El sonido de los truenos asemejaba al grito descarnado de mil bestias feroces rugiendo al mismo tiempo. Parecía la pesadilla de algún alma atormentada más que la pavorosa realidad.
La única luz constante era la proveniente de los faros de vehículo que serpenteaba siguiendo como podía las curvas sinuosas del camino. Sólo podían ver unos metros hacia adelante, lo que dejara mostrar los caprichos del trayecto.
De pronto, el auto se sacudió como si la tierra se moviera bajo las ruedas.
- ¿Qué está pasando? –preguntó Adriana aterrorizada.
- No lo sé... –le respondió su marido con la voz temblorosa y tomando su mano por un instante.
Jamás habían experimentado algo semejante. Los relámpagos surcaban el cielo de a cinco o seis en forma simultánea, la tierra temblando cada tanto, aquel viento furioso que sacudía a voluntad la copa de los árboles y arremolinaba millones de hojas que pasaban raudas frente a la luz de los faros. El pavoroso alarido de los truenos que les llevó a pensar que el cielo mismo se estaba partiendo en dos. Todo aquel terror desatado en apenas segundos, todo aquel fenómeno macabro y ni una sola gota de lluvia había caído hasta ese momento.
- ¿¡Qué es esto!? –insistió Adriana- ¡No llueve! ¿¡Cómo puede no llover!?
Aún más inexplicable resultó que en el preciso instante en que la mujer terminó de hablar, dió comienzo un fuerte aguacero.
- ¡Dios mío! –exclamó Julio- No puedo ver nada...
Las escobillas limpiaban el parabrisas a la mayor velocidad aunque no era suficiente, la lluvia era más copiosa que ninguna que hubieran conocido.
- Voy a parar. –exclamó Julio.
- ¡No! –le grito su esposa- ¡Tengo mucho miedo!
- ¡Pero nos vamos a matar! ¡Me puedo salir del camino y caer al vacío!
- No... –le rogó Adriana– No te detengas, por favor...
En aquel momento, la lluvia cesó tan imprevistamente como había empezado y, para sumar más asombro a la pareja, el agua caída comenzó a subir nuevamente hacia el cielo.
- ¿Está lloviendo hacia arriba? –preguntó Julio queriendo comprobar que no estaba alucinando.
- Si...si... ¿¡Qué está pasando, Dios...!?
Adriana empezó a llorar presa de una crisis nerviosa pero su marido no podía ayudarla; simplemente no terminaba de creer aquella pesadilla. Siguió manejando a toda marcha buscando escapar de la tormenta, algún refugio, o una presencia humana que les confirmase que todo aquello estaba sucediendo realmente.
Julio recordó la radio del auto y la encendió. Seguramente podrían enterarse de qué extraño fenómeno se estaba cerniendo sobre el mundo. Sólo estática, en todas las bandas. Una idea terrible se instaló en su mente: ¿Y si fuesen las últimas personas que quedaran sobre la faz de la Tierra?
De repente entre el ruido blanco del receptor comenzaban a oírse voces siniestras como murmullos inhumanos.
-¿Qué pesadilla es ésta? –gritó Adriana mesándose los cabellos.
Finalmente la lluvia invertida también se detuvo y luego de una curva pronunciada, los focos iluminaron fugazmente la figura de una niña de pie en medio del camino, cubierta únicamente con el polvo y las hojas que la tempestad había adherido a su cuerpo.
- ¡Cuidado! –gritó la mujer.
Julio respondió clavando los frenos. El auto se deslizó sin control sobre la tierra mojada deteniéndose milagrosamente a escasos centímetros de la pequeña. Bajaron del coche y corrieron hacia ella para comprobar que se encontrara bien. Temblaba como un animal aterrorizado. Julio le preguntó desesperado:
- ¿Estás bien? ¿Cómo te llamas?
La niña los miró a los ojos brevemente y dejó de temblar. Cambiando completamente su expresión, tomó a Julio del brazo y lo increpó:
- ¡Rápido, tenemos que huir! Kariel no dejará que me marche así...
- ¿Qué? ¿Kariel? –la interrogó Julio- ¿Quién es Kariel?
- Mi madre...no me perdonará que me haya escapado así... es su furia la que está causando esto... ¡Debemos marcharnos de inmediato o me encontrará y les hará daño... les hará daño a todos... no le importará...!
Julio la miró a Adriana.
- Pobrecita, está en shock... subámosla al coche. –
Cuando abrieron las puertas, el cielo se iluminó con una telaraña de relámpagos como nunca la hubo y, en lo alto, Adriana pudo ver a una mujer de largos cabellos rojos flotar literalmente en el cielo mientras sostenía las cadenas que aprisionaban a seis enormes bestias similares a perros feroces. Tres en cada mano. Cada bestia con un color diferente de pelaje, y todas pugnaban por escapar mientras la extraña mujer hablaba con voz potente:
- ¡Mortales, devuélvanme a mi hija!
Al escucharla, Julio empujó a la niña dentro del auto en un desesperado intento de protegerla pero la pequeña volvió a salir inmediatamente.
- Madre... –le contestó la niña- ¡Aparta tu ira de esta gente! Regresa a tus tinieblas y abandona mi cacería.
- ¡Jamás! –gritó la mujer desde lo alto, al tiempo que dejaba escapar a una de las bestias con el pelaje azulado.
Mientras la mujer lanzaba una risa maquiavélica, Adriana le preguntó a la pequeña:
- ¿Qué está sucediendo? ¿qué son esas bestias?
- Son los cancerberos de la noche... –le contestó la niña.
Y poniéndose al frente, le gritó a la pareja:
- ¡Entren ya mismo! ¡Yo la detendré!
Sin saber qué hacer, Julio y Adriana obedecieron, rogando que no le sucediera nada.
La bestia azul corría sobre las nubes como si fuera suelo firme dando zancadas de kilómetros de largo. Avanzaba con la velocidad del rayo y pronto estuvo muy cerca.
La niña levantó sus brazos en alto y con su rostro mirando al cielo, lanzó un grito con voz de trueno, tan potente que los vidrios del coche estallaron en pedazos y la aterrorizada pareja debió cubrirse los oídos con sus manos aunque no pudieron evitar quedarse sordos por unos instantes. El feroz animal pareció quebrarse en miles de partes con aquel alarido y cada trozo de la fiera se convirtió en un cuervo que voló, en bandada, sobre el techo del automóvil. Finalmente, la niña entró por la puerta trasera y Julio volvió a arrancar el motor reanudando la marcha.
En el cielo, la misteriosa mujer desapareció entre un enjambre de relámpagos, reanudándose el aguacero interrumpido aunque, esta vez, el agua nuevamente caía hacia abajo.

(continuará)


Escrito por Christian Eric Lavin Prosen

miércoles 27 de agosto de 2008

Martina y su perro

Martina avanzó tímidamente hundiendo sus pies en la nieve blanda. Envuelta en bufandas y tejidos repasaba el camino recorrido hacía una hora mientras regresaba de escuchar misa. Sumida en sus pensamientos no se dio cuenta del momento en el que perdió a Céfiro, su pequeño perro y fiel compañero, pero lo cierto es que el pobrecito la esperaría temblando perdido en algún rincón del desierto blanco.

Mientras el viento se clavaba en sus mejillas, la anciana Martina, de cuerpo pequeño, recordó las preocupaciones que distrajeron su mente una hora atrás. Con su avanzada edad y sus fuerzas flaqueando, ya no podía acarrear la leña ni revisar las trampas, como lo hacía antaño. Cocinar todavía estaba a su alcance y, al menos, disfrutaba hacerlo. “Nada mejor que una liebre estofada en una noche helada” –le decía Céfiro con la mirada. ¡Y vaya que tenía razón!

Frotó sus manos bajo los guantes de piel de alce. ¡Tenía tanto frío!

Mientras miraba a su alrededor no pudo dejar de imaginarse ya de vuelta en su pequeña cabaña, junto a su fiel compañero, recuperándose al calor del fuego. Una vez repuestos, retomaría su lectura en voz alta y Céfiro la escucharía con atención sin mover sus bigotes.

La vejez, la soledad y la pobreza no son un trío bienvenido; sin embargo y aunque nunca les abrió las puertas, se habían instalado hacía tiempo entre las cuatro paredes de su casa.

Se apoyó sobre un tronco a descansar su fatiga y mientras recuperaba fuerzas sintió una ligera presión sobre su pie derecho. Algo había asomado de un hueco en la base de aquel árbol muerto y cuando bajo la vista ya no pudo ver nada. Se agachó con mucho esfuerzo y acercó su cara a la oscuro escondite. En ese instante creyó ver algo entre las sombras y antes de que pudiera reaccionar sintió la húmeda lengua de Céfiro sobre su nariz. Martina y su perro se habían reencontrado por casualidad, como una rara concesión de la vida que aún le deparaba otra sorpresa.

Cuando sus manos rugosas ayudaban a su compañero a salir, palparon una saco de piel conteniendo algo muy pesado. Ante la mirada curiosa de Céfiro, la mujer desató un saco conteniendo algunas decenas de monedas doradas que iluminaron su rostro.

Esa noche, para celebrar, hubo doble ración.

Escrito por ChristianEricLavinProsen el 27/08/08.

lunes 21 de julio de 2008

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