Aquel atardecer calmo anunciaba lo que sería una perfecta noche estrellada. La leña seca crepitaba en la fogata prolijamente rodeada de piedras. Muy cerca, una carpa transparentaba el ir y venir de una linterna recorriendo cada rincón, cada bolsillo de las mochilas, cada pliegue de las bolsas de dormir, en una búsqueda infructuosa. Julio decidió por fin abandonar la empresa y retornó al tronco que, a modo de asiento, se apostaba a la vera del fuego.
El pequeño campamento se levantaba sobre un claro del bosque, oculto por cipreses, coihues y araucarias. Desde la altura, podía observarse los intensos destellos rojos que acompañaban a aquel ocaso mientras el sol se perdía entre las montañas.
De pronto, el murmullo de la pinocha quebrándose bajo unos pies, anunció la presencia de una mujer acercándose. Era Adriana que volvía trayendo un pequeño telescopio y una cámara fotográfica.
- Ah… -dijo Julio al ver a su esposa- encontraste la cámara, di vuelta la carpa buscándola…
- Como siempre…las mujeres somos más eficaces –contestó ella con una sonrisa.
Momentos más tarde, Julio ajustaba el telescopio en dirección a la luna para sentarse luego, otra vez, junto al fuego. Adriana también se acomodó cerca de la fogata y dirigió su mirada sobre los ojos grises de su esposo. Las llamas teñían su rostro de rojo, naranjas y ámbar transformando sus facciones de nuevo en las de aquel hombre joven del que se enamoró. La intimidad de un rincón escondido, el manto de estrellas que los cubría y aquella cálida luz que escapaba de los troncos encendidos poseía la magia de volver el tiempo atrás a aquel encuentro fortuito en la puerta de un restaurante. El brillo carmesí de las brasas vestía el rostro de Julio de igual forma que antaño lo habían hecho las luces de un cartel de neón.
Ese austero marco resultaba suficiente para hacer renacer un romance adormilado, entumecido por el paso del tiempo y la rutina.
Julio también la observaba. Le asombró la forma en la que el fuego jugaba con su pelo, cambiando sus tonos a cada instante. Recordó a la joven esbelta de ojos claros que le sonrió avergonzada tras buscar refugio bajo su paraguas en el preciso instante en que terminaba de llover. Sintió renovados deseos de acariciar sus manos, sus curvas y de detenerse en esos labios que acababa de redescubrir.
Apenas se percataron de las miradas mutuas bajaron la vista y sonrieron con timidez. La piel se les erizaba como a dos adolescentes enamorados. ¿Qué era este fenómeno que los estaba transformando tras nueve años de convivencia? Mejor no preguntar y dejarse llevar por aquella extraordinaria sensación.
- Tomémonos una foto. –propuso Julio queriendo capturar la magia de aquel momento.
Colocó la cámara sobre un gran tronco y se sentó junto a su esposa abrazándola como no lo hacía desde hacía tiempo. La luz potente del flash fue señal suficiente de un instante inmortalizado. Ambos esposos se besaron como si acabaran de dar el “sí” en el altar, con sus ojos cerrados, como dicta la ley del amor.
Sin embargo apenas los abrieron una segunda luz blanca iluminó el campamento con el misterio de su origen.
- ¿Qué fue eso? –preguntó Adriana- No vino de la cámara.
¿Acaso habría alguien más espiándolos? No era posible, nadie sabía de aquella “escapada” al sur. ¿Sería tal vez un mirón ocasional?
Enseguida el sordo crepitar de un trueno develó la incógnita. Los dos miraron el cielo, oscuras y densas nubes tomaban posesión de la noche estrellada devorando los astros sin piedad. Al mismo tiempo, numerosos relámpagos presagiaban una tormenta apocalíptica.
- ¿Que hacemos? -le preguntó Adriana a su marido.
Mientras se miraban sin respuestas, la tierra pareció sacudirse bajo sus pies y la cámara fotográfica cayó al suelo tras tambalearse unos segundos. Era claro que aquello no era algo normal. Estaba anunciado un cielo despejado con buena visibilidad y fue por eso que decidieron presenciar el eclipse en el descampado. ¿Y el temblor? No había dudas, lo que fuese que estuviera sucediendo era algo que escapaba a toda previsión.
Cuando comenzó a soplar un fuerte viento, por lo que Julio tomó la decisión de “levantar campamento”. Comenzaron por desarmar el telescopio y a juntar algunas mantas y cacharros apilados en las cercanías de la carpa. Pero, como si la naturaleza no estuviera dispuesta a darles un minuto de tregua, el viento se torno vendaval y comenzó a agitar las copas de los árboles como si fueran apenas pastos altos. Los destellos y el sonido de las descargas se multiplicaban aumentando el ritmo de sus corazones.
Julio le hizo señas a Adriana y juntos tiraron de los vientos del iglú arrancando las estacas en un único movimiento. Tras hacer un precario paquete con la tienda y su contenido le dijeron adiós al eclipse, a su “escapada” y al momento romántico que acababan de vivir.
Corrieron cuesta abajo por el sendero, chocándose con las ramas en su loca carrera. Tan solo les importaba llagar pronto hasta el auto y alejarse de aquella tormenta surgida de la nada. Por fin, encontraron el camino de tierra por el que habían subido hasta aquel paraje. Cargaron en segundos la carpa en el baúl del coche y apenas ubicados en sus asientos, Julio encendió el motor y pisó el acelerador, giró el volante hasta donde le fue posible y en una sola maniobra la trompa del automóvil quedó mirando hacia abajo y comenzó su descenso levantando una gran polvareda tras de sí.
En unos instantes, una noche apacible y despejada había sufrido una ominosa transformación: no se veía ningún astro en el cielo, un viento extremadamente fuerte sacudía los árboles como quisiera arrancarlos de raíz y los relámpagos se habían convertido en los dueños absolutos del horizonte. El sonido de los truenos asemejaba al grito descarnado de mil bestias feroces rugiendo al mismo tiempo. Parecía la pesadilla de algún alma atormentada más que la pavorosa realidad.
La única luz constante era la proveniente de los faros de vehículo que serpenteaba siguiendo como podía las curvas sinuosas del camino. Sólo podían ver unos metros hacia adelante, lo que dejara mostrar los caprichos del trayecto.
De pronto, el auto se sacudió como si la tierra se moviera bajo las ruedas.
- ¿Qué está pasando? –preguntó Adriana aterrorizada.
- No lo sé... –le respondió su marido con la voz temblorosa y tomando su mano por un instante.
Jamás habían experimentado algo semejante. Los relámpagos surcaban el cielo de a cinco o seis en forma simultánea, la tierra temblando cada tanto, aquel viento furioso que sacudía a voluntad la copa de los árboles y arremolinaba millones de hojas que pasaban raudas frente a la luz de los faros. El pavoroso alarido de los truenos que les llevó a pensar que el cielo mismo se estaba partiendo en dos. Todo aquel terror desatado en apenas segundos, todo aquel fenómeno macabro y ni una sola gota de lluvia había caído hasta ese momento.
- ¿¡Qué es esto!? –insistió Adriana- ¡No llueve! ¿¡Cómo puede no llover!?
Aún más inexplicable resultó que en el preciso instante en que la mujer terminó de hablar, dió comienzo un fuerte aguacero.
- ¡Dios mío! –exclamó Julio- No puedo ver nada...
Las escobillas limpiaban el parabrisas a la mayor velocidad aunque no era suficiente, la lluvia era más copiosa que ninguna que hubieran conocido.
- Voy a parar. –exclamó Julio.
- ¡No! –le grito su esposa- ¡Tengo mucho miedo!
- ¡Pero nos vamos a matar! ¡Me puedo salir del camino y caer al vacío!
- No... –le rogó Adriana– No te detengas, por favor...
En aquel momento, la lluvia cesó tan imprevistamente como había empezado y, para sumar más asombro a la pareja, el agua caída comenzó a subir nuevamente hacia el cielo.
- ¿Está lloviendo hacia arriba? –preguntó Julio queriendo comprobar que no estaba alucinando.
- Si...si... ¿¡Qué está pasando, Dios...!?
Adriana empezó a llorar presa de una crisis nerviosa pero su marido no podía ayudarla; simplemente no terminaba de creer aquella pesadilla. Siguió manejando a toda marcha buscando escapar de la tormenta, algún refugio, o una presencia humana que les confirmase que todo aquello estaba sucediendo realmente.
Julio recordó la radio del auto y la encendió. Seguramente podrían enterarse de qué extraño fenómeno se estaba cerniendo sobre el mundo. Sólo estática, en todas las bandas. Una idea terrible se instaló en su mente: ¿Y si fuesen las últimas personas que quedaran sobre la faz de la Tierra?
De repente entre el ruido blanco del receptor comenzaban a oírse voces siniestras como murmullos inhumanos.
-¿Qué pesadilla es ésta? –gritó Adriana mesándose los cabellos.
Finalmente la lluvia invertida también se detuvo y luego de una curva pronunciada, los focos iluminaron fugazmente la figura de una niña de pie en medio del camino, cubierta únicamente con el polvo y las hojas que la tempestad había adherido a su cuerpo.
- ¡Cuidado! –gritó la mujer.
Julio respondió clavando los frenos. El auto se deslizó sin control sobre la tierra mojada deteniéndose milagrosamente a escasos centímetros de la pequeña. Bajaron del coche y corrieron hacia ella para comprobar que se encontrara bien. Temblaba como un animal aterrorizado. Julio le preguntó desesperado:
- ¿Estás bien? ¿Cómo te llamas?
La niña los miró a los ojos brevemente y dejó de temblar. Cambiando completamente su expresión, tomó a Julio del brazo y lo increpó:
- ¡Rápido, tenemos que huir! Kariel no dejará que me marche así...
- ¿Qué? ¿Kariel? –la interrogó Julio- ¿Quién es Kariel?
- Mi madre...no me perdonará que me haya escapado así... es su furia la que está causando esto... ¡Debemos marcharnos de inmediato o me encontrará y les hará daño... les hará daño a todos... no le importará...!
Julio la miró a Adriana.
- Pobrecita, está en shock... subámosla al coche. –
Cuando abrieron las puertas, el cielo se iluminó con una telaraña de relámpagos como nunca la hubo y, en lo alto, Adriana pudo ver a una mujer de largos cabellos rojos flotar literalmente en el cielo mientras sostenía las cadenas que aprisionaban a seis enormes bestias similares a perros feroces. Tres en cada mano. Cada bestia con un color diferente de pelaje, y todas pugnaban por escapar mientras la extraña mujer hablaba con voz potente:
- ¡Mortales, devuélvanme a mi hija!
Al escucharla, Julio empujó a la niña dentro del auto en un desesperado intento de protegerla pero la pequeña volvió a salir inmediatamente.
- Madre... –le contestó la niña- ¡Aparta tu ira de esta gente! Regresa a tus tinieblas y abandona mi cacería.
- ¡Jamás! –gritó la mujer desde lo alto, al tiempo que dejaba escapar a una de las bestias con el pelaje azulado.
Mientras la mujer lanzaba una risa maquiavélica, Adriana le preguntó a la pequeña:
- ¿Qué está sucediendo? ¿qué son esas bestias?
- Son los cancerberos de la noche... –le contestó la niña.
Y poniéndose al frente, le gritó a la pareja:
- ¡Entren ya mismo! ¡Yo la detendré!
Sin saber qué hacer, Julio y Adriana obedecieron, rogando que no le sucediera nada.
La bestia azul corría sobre las nubes como si fuera suelo firme dando zancadas de kilómetros de largo. Avanzaba con la velocidad del rayo y pronto estuvo muy cerca.
La niña levantó sus brazos en alto y con su rostro mirando al cielo, lanzó un grito con voz de trueno, tan potente que los vidrios del coche estallaron en pedazos y la aterrorizada pareja debió cubrirse los oídos con sus manos aunque no pudieron evitar quedarse sordos por unos instantes. El feroz animal pareció quebrarse en miles de partes con aquel alarido y cada trozo de la fiera se convirtió en un cuervo que voló, en bandada, sobre el techo del automóvil. Finalmente, la niña entró por la puerta trasera y Julio volvió a arrancar el motor reanudando la marcha.
En el cielo, la misteriosa mujer desapareció entre un enjambre de relámpagos, reanudándose el aguacero interrumpido aunque, esta vez, el agua nuevamente caía hacia abajo.El pequeño campamento se levantaba sobre un claro del bosque, oculto por cipreses, coihues y araucarias. Desde la altura, podía observarse los intensos destellos rojos que acompañaban a aquel ocaso mientras el sol se perdía entre las montañas.
De pronto, el murmullo de la pinocha quebrándose bajo unos pies, anunció la presencia de una mujer acercándose. Era Adriana que volvía trayendo un pequeño telescopio y una cámara fotográfica.
- Ah… -dijo Julio al ver a su esposa- encontraste la cámara, di vuelta la carpa buscándola…
- Como siempre…las mujeres somos más eficaces –contestó ella con una sonrisa.
Momentos más tarde, Julio ajustaba el telescopio en dirección a la luna para sentarse luego, otra vez, junto al fuego. Adriana también se acomodó cerca de la fogata y dirigió su mirada sobre los ojos grises de su esposo. Las llamas teñían su rostro de rojo, naranjas y ámbar transformando sus facciones de nuevo en las de aquel hombre joven del que se enamoró. La intimidad de un rincón escondido, el manto de estrellas que los cubría y aquella cálida luz que escapaba de los troncos encendidos poseía la magia de volver el tiempo atrás a aquel encuentro fortuito en la puerta de un restaurante. El brillo carmesí de las brasas vestía el rostro de Julio de igual forma que antaño lo habían hecho las luces de un cartel de neón.
Ese austero marco resultaba suficiente para hacer renacer un romance adormilado, entumecido por el paso del tiempo y la rutina.
Julio también la observaba. Le asombró la forma en la que el fuego jugaba con su pelo, cambiando sus tonos a cada instante. Recordó a la joven esbelta de ojos claros que le sonrió avergonzada tras buscar refugio bajo su paraguas en el preciso instante en que terminaba de llover. Sintió renovados deseos de acariciar sus manos, sus curvas y de detenerse en esos labios que acababa de redescubrir.
Apenas se percataron de las miradas mutuas bajaron la vista y sonrieron con timidez. La piel se les erizaba como a dos adolescentes enamorados. ¿Qué era este fenómeno que los estaba transformando tras nueve años de convivencia? Mejor no preguntar y dejarse llevar por aquella extraordinaria sensación.
- Tomémonos una foto. –propuso Julio queriendo capturar la magia de aquel momento.
Colocó la cámara sobre un gran tronco y se sentó junto a su esposa abrazándola como no lo hacía desde hacía tiempo. La luz potente del flash fue señal suficiente de un instante inmortalizado. Ambos esposos se besaron como si acabaran de dar el “sí” en el altar, con sus ojos cerrados, como dicta la ley del amor.
Sin embargo apenas los abrieron una segunda luz blanca iluminó el campamento con el misterio de su origen.
- ¿Qué fue eso? –preguntó Adriana- No vino de la cámara.
¿Acaso habría alguien más espiándolos? No era posible, nadie sabía de aquella “escapada” al sur. ¿Sería tal vez un mirón ocasional?
Enseguida el sordo crepitar de un trueno develó la incógnita. Los dos miraron el cielo, oscuras y densas nubes tomaban posesión de la noche estrellada devorando los astros sin piedad. Al mismo tiempo, numerosos relámpagos presagiaban una tormenta apocalíptica.
- ¿Que hacemos? -le preguntó Adriana a su marido.
Mientras se miraban sin respuestas, la tierra pareció sacudirse bajo sus pies y la cámara fotográfica cayó al suelo tras tambalearse unos segundos. Era claro que aquello no era algo normal. Estaba anunciado un cielo despejado con buena visibilidad y fue por eso que decidieron presenciar el eclipse en el descampado. ¿Y el temblor? No había dudas, lo que fuese que estuviera sucediendo era algo que escapaba a toda previsión.
Cuando comenzó a soplar un fuerte viento, por lo que Julio tomó la decisión de “levantar campamento”. Comenzaron por desarmar el telescopio y a juntar algunas mantas y cacharros apilados en las cercanías de la carpa. Pero, como si la naturaleza no estuviera dispuesta a darles un minuto de tregua, el viento se torno vendaval y comenzó a agitar las copas de los árboles como si fueran apenas pastos altos. Los destellos y el sonido de las descargas se multiplicaban aumentando el ritmo de sus corazones.
Julio le hizo señas a Adriana y juntos tiraron de los vientos del iglú arrancando las estacas en un único movimiento. Tras hacer un precario paquete con la tienda y su contenido le dijeron adiós al eclipse, a su “escapada” y al momento romántico que acababan de vivir.
Corrieron cuesta abajo por el sendero, chocándose con las ramas en su loca carrera. Tan solo les importaba llagar pronto hasta el auto y alejarse de aquella tormenta surgida de la nada. Por fin, encontraron el camino de tierra por el que habían subido hasta aquel paraje. Cargaron en segundos la carpa en el baúl del coche y apenas ubicados en sus asientos, Julio encendió el motor y pisó el acelerador, giró el volante hasta donde le fue posible y en una sola maniobra la trompa del automóvil quedó mirando hacia abajo y comenzó su descenso levantando una gran polvareda tras de sí.
En unos instantes, una noche apacible y despejada había sufrido una ominosa transformación: no se veía ningún astro en el cielo, un viento extremadamente fuerte sacudía los árboles como quisiera arrancarlos de raíz y los relámpagos se habían convertido en los dueños absolutos del horizonte. El sonido de los truenos asemejaba al grito descarnado de mil bestias feroces rugiendo al mismo tiempo. Parecía la pesadilla de algún alma atormentada más que la pavorosa realidad.
La única luz constante era la proveniente de los faros de vehículo que serpenteaba siguiendo como podía las curvas sinuosas del camino. Sólo podían ver unos metros hacia adelante, lo que dejara mostrar los caprichos del trayecto.
De pronto, el auto se sacudió como si la tierra se moviera bajo las ruedas.
- ¿Qué está pasando? –preguntó Adriana aterrorizada.
- No lo sé... –le respondió su marido con la voz temblorosa y tomando su mano por un instante.
Jamás habían experimentado algo semejante. Los relámpagos surcaban el cielo de a cinco o seis en forma simultánea, la tierra temblando cada tanto, aquel viento furioso que sacudía a voluntad la copa de los árboles y arremolinaba millones de hojas que pasaban raudas frente a la luz de los faros. El pavoroso alarido de los truenos que les llevó a pensar que el cielo mismo se estaba partiendo en dos. Todo aquel terror desatado en apenas segundos, todo aquel fenómeno macabro y ni una sola gota de lluvia había caído hasta ese momento.
- ¿¡Qué es esto!? –insistió Adriana- ¡No llueve! ¿¡Cómo puede no llover!?
Aún más inexplicable resultó que en el preciso instante en que la mujer terminó de hablar, dió comienzo un fuerte aguacero.
- ¡Dios mío! –exclamó Julio- No puedo ver nada...
Las escobillas limpiaban el parabrisas a la mayor velocidad aunque no era suficiente, la lluvia era más copiosa que ninguna que hubieran conocido.
- Voy a parar. –exclamó Julio.
- ¡No! –le grito su esposa- ¡Tengo mucho miedo!
- ¡Pero nos vamos a matar! ¡Me puedo salir del camino y caer al vacío!
- No... –le rogó Adriana– No te detengas, por favor...
En aquel momento, la lluvia cesó tan imprevistamente como había empezado y, para sumar más asombro a la pareja, el agua caída comenzó a subir nuevamente hacia el cielo.
- ¿Está lloviendo hacia arriba? –preguntó Julio queriendo comprobar que no estaba alucinando.
- Si...si... ¿¡Qué está pasando, Dios...!?
Adriana empezó a llorar presa de una crisis nerviosa pero su marido no podía ayudarla; simplemente no terminaba de creer aquella pesadilla. Siguió manejando a toda marcha buscando escapar de la tormenta, algún refugio, o una presencia humana que les confirmase que todo aquello estaba sucediendo realmente.
Julio recordó la radio del auto y la encendió. Seguramente podrían enterarse de qué extraño fenómeno se estaba cerniendo sobre el mundo. Sólo estática, en todas las bandas. Una idea terrible se instaló en su mente: ¿Y si fuesen las últimas personas que quedaran sobre la faz de la Tierra?
De repente entre el ruido blanco del receptor comenzaban a oírse voces siniestras como murmullos inhumanos.
-¿Qué pesadilla es ésta? –gritó Adriana mesándose los cabellos.
Finalmente la lluvia invertida también se detuvo y luego de una curva pronunciada, los focos iluminaron fugazmente la figura de una niña de pie en medio del camino, cubierta únicamente con el polvo y las hojas que la tempestad había adherido a su cuerpo.
- ¡Cuidado! –gritó la mujer.
Julio respondió clavando los frenos. El auto se deslizó sin control sobre la tierra mojada deteniéndose milagrosamente a escasos centímetros de la pequeña. Bajaron del coche y corrieron hacia ella para comprobar que se encontrara bien. Temblaba como un animal aterrorizado. Julio le preguntó desesperado:
- ¿Estás bien? ¿Cómo te llamas?
La niña los miró a los ojos brevemente y dejó de temblar. Cambiando completamente su expresión, tomó a Julio del brazo y lo increpó:
- ¡Rápido, tenemos que huir! Kariel no dejará que me marche así...
- ¿Qué? ¿Kariel? –la interrogó Julio- ¿Quién es Kariel?
- Mi madre...no me perdonará que me haya escapado así... es su furia la que está causando esto... ¡Debemos marcharnos de inmediato o me encontrará y les hará daño... les hará daño a todos... no le importará...!
Julio la miró a Adriana.
- Pobrecita, está en shock... subámosla al coche. –
Cuando abrieron las puertas, el cielo se iluminó con una telaraña de relámpagos como nunca la hubo y, en lo alto, Adriana pudo ver a una mujer de largos cabellos rojos flotar literalmente en el cielo mientras sostenía las cadenas que aprisionaban a seis enormes bestias similares a perros feroces. Tres en cada mano. Cada bestia con un color diferente de pelaje, y todas pugnaban por escapar mientras la extraña mujer hablaba con voz potente:
- ¡Mortales, devuélvanme a mi hija!
Al escucharla, Julio empujó a la niña dentro del auto en un desesperado intento de protegerla pero la pequeña volvió a salir inmediatamente.
- Madre... –le contestó la niña- ¡Aparta tu ira de esta gente! Regresa a tus tinieblas y abandona mi cacería.
- ¡Jamás! –gritó la mujer desde lo alto, al tiempo que dejaba escapar a una de las bestias con el pelaje azulado.
Mientras la mujer lanzaba una risa maquiavélica, Adriana le preguntó a la pequeña:
- ¿Qué está sucediendo? ¿qué son esas bestias?
- Son los cancerberos de la noche... –le contestó la niña.
Y poniéndose al frente, le gritó a la pareja:
- ¡Entren ya mismo! ¡Yo la detendré!
Sin saber qué hacer, Julio y Adriana obedecieron, rogando que no le sucediera nada.
La bestia azul corría sobre las nubes como si fuera suelo firme dando zancadas de kilómetros de largo. Avanzaba con la velocidad del rayo y pronto estuvo muy cerca.
La niña levantó sus brazos en alto y con su rostro mirando al cielo, lanzó un grito con voz de trueno, tan potente que los vidrios del coche estallaron en pedazos y la aterrorizada pareja debió cubrirse los oídos con sus manos aunque no pudieron evitar quedarse sordos por unos instantes. El feroz animal pareció quebrarse en miles de partes con aquel alarido y cada trozo de la fiera se convirtió en un cuervo que voló, en bandada, sobre el techo del automóvil. Finalmente, la niña entró por la puerta trasera y Julio volvió a arrancar el motor reanudando la marcha.
(continuará)
Escrito por Christian Eric Lavin Prosen


![[Necesaria] p/Gustavo Camacho [Necesaria] p/Gustavo Camacho](http://3.bp.blogspot.com/_qWYzdvNcFeM/SByXfCBoOpI/AAAAAAAAAZI/2QT8DTTd-EE/S1600-R/necesaria-pie.jpg)















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