Bienvenidos los viajeros que se apeen en este oasis, cuyas barcas amarren en este muelle... De todo corazón comparto estos relatos cortos surgidos de la contemplación, lo más ingenua posible, de una imágen y la escucha atenta de una melodía en particular.

viernes 19 de diciembre de 2008

La Dama del Trueno (novela) Cap.2


Capítulo 2 “La casa que sangra”

Adriana se volteó hacia el asiento trasero en el que se encontraba la pequeña con cientos de preguntas atorándose en su boca pero antes de que pudiera hacer ninguna, la niña dijo tomándole la mano:
- Tranquila, están a salvo por el momento... –y como adivinando sus pensamientos agregó- ...y no te preocupes, me encuentro bien. Por cierto, mi nombre es Isabel.
La mujer, completamente asombrada, volvió otra vez su vista hacia delante permaneciendo en silencio al igual que su confundido marido. Mientras la lluvia caía a su alrededor, el coche descendía en medio de la oscuridad más absoluta.
A lo lejos divisaron una débil luz a la vera del camino. A medida que se acercaban los esposos comenzaron a respirar aliviados; se trataba de una cabaña completamente iluminada. Seguro habría allí alguna persona que supiera algo de lo que estaba sucediendo, ya que ni lo que acababan de presenciar ni las explicaciones de Isabel les parecían reales. Necesitaban la “versión oficial”, no sus alucinaciones producto del pánico o las fantasías de una niña desquiciada.
Aunque el viento permanecía implacable sobre la arboleda, la lluvia no caía con la misma intensidad, pareciendo tan solo un fuerte aguacero. Adriana y Julio descendieron del coche y, tras envolver a la pequeña en una de las mantas que traían, se introdujeron en la casa.
La puerta estaba entreabierta por lo que, en vista de la tormenta, entraron sin golpear. Para su sorpresa la cabaña estaba vacía, aunque sobre una mesa había cuatro platos servidos con sopa caliente y una olla en el fuego. Los tres se sentaron. Isabel comenzó a tomar de uno de los platos como si nada hubiera sucedido, mientras temblaba de frío. De repente, Adriana se levantó impulsivamente de la silla.
- Un televisor.
Encendió el aparato pero no había señal en ningún canal y tras unos segundos de ruido blanco, comenzaron a escucharse nuevamente los mismos susurros inhumanos acompañados de risas siniestras.
- No puede ser... –exclamó Adriana- ¿Dónde están todos?
- Es Kariel –dijo la niña sin dejar de sorber la sopa.
- No comprendo... hay electricidad, no hay gente... esa tormenta salida de la nada... –continuó Julio, omitiendo toda referencia a los extraños fenómenos que acaban de presenciar.
- Es mi madre, -insistió Isabel- no dejará en paz este mundo mientras continúe buscándome.
Julio comprendió que no podía seguir negando la veracidad de aquella macabra pesadilla. La pequeña era la prueba viviente de que no se trataba de ninguna ilusión. Indignado con la realidad de semejante experiencia, golpeó la mesa con el puño e increpó a Isabel diciéndole:
- Ya mismo me vas a decir todo acerca de lo que está sucediendo, quién era esa mujer que vimos flotar en el aire, quién eres tú... ¡Todo!
La niña clavó su mirada sobre los ojos de Julio, hizo a un lado el plato que tenía frente de sí y le respondió con impaciencia:
- Lo vengo diciendo desde el primer momento. La mujer de cabellos rojos que vieron hace unos minutos es Kariel, mi madre. Ella es la dama del trueno, ama y señora de las tormentas. Ella es la que causó todo esto... y yo soy Isabel, su hija. Quiere darme caza, ya que he escapado de mi celda...
- ¡Todo esto es absurdo! –interrumpió Adriana- Nadie controla el clima, no existe ninguna “dama del trueno“...
- Tampoco existen personas que floten en el aire ni perros de colores que corran como si estuvieran volando... –reflexionó Julio, bajando la vista.
- ¿Cómo que no? –preguntó Isabel entre enojo y confusión- ...¿De manera que es cierto? No puedo creerlo... Siempre hubo rumores de que los humanos creían que la naturaleza se regía a sí misma, que desconocían nuestra existencia... pero jamás pensé que pudiera ser verdad. ¿¡Qué pensaban entonces!? ¿¡Que los terremotos, las inundaciones... la nieve, el viento... todo pasa porque sí!?
- Pues... sí. –contestó Adriana.
La niña se echó a reír.
- Es la estupidez más grande que escuché en mi vida...
Julio se enfureció y la abofeteó.
- Ten cuidado con lo que dices, pequeña... o ya verás. ¡No somos idiotas! Por lo que a mi respecta todo puede ser parte de algún acto de ilusionismo...
La niña furiosa guardó silencio; le dolía su mejilla y miró al hombre como si fuera a matarlo. Apoyó ambas manos sobre la mesa, sin apartar su mirada. En unos segundos comenzó a escapar humo por entre sus dedos, como si la madera estuviera ardiendo debajo de sus palmas. Luego las levantó dejando ver el perfecto contorno de sus manos grabado en fuego sobre la mesa, dejando dos agujeros sobre el mantel con idéntico dibujo.
Finalmente agregó desafiante:
- Yo soy Isabel, regente de los fuegos menores... y para que no se olviden: es gracias a mí que siguen con vida.
- No puedo creer lo que estoy oyendo... –dijo Julio dirigiéndose a su mujer.
Pero Adriana estaba muy ocupada tratando de escuchar lo que decían las voces del televisor.
- ¡Adriana! ¿Me estás escuchando? –preguntó su marido indignado.
Pero ella no respondió, su rostro mostraba aún más horror que antes.
- “La sangre”… las voces dicen que en esta casa correrá sangre... –
- Oh, yo no me preocuparía... –dijo Isabel imperturbable.
La mujer gritó señalando las paredes. De las paredes comenzaba a brotar sangre, de los techos, tras los cuadros, bajo la mesa, de dentro de la olla, también desde de la pantalla del televisor. Cuando un charco de sangre empezó a filtrarse por debajo de la puerta de entrada, Julio se puso de pie y se dirigió hacia ella.
- ¡No salgas! –le advirtió la niña- Es un truco barato.
Pero él, haciendo caso omiso a sus palabras, abrió la puerta y salió afuera. Allí la lluvia continuaba pero no se veía ni una sola gota de sangre. Detrás de su marido salió velozmente Adriana y, tras ella, también lo hizo Isabel.
Julio avanzó unos pasos en la oscuridad, dio media vuelta y cuando se encogía de hombros sin entender lo que sucedía, un tornado salido de la nada lo levantó en el aire como si fuera una hoja seca y tras elevar su chimenea, este se perdió en el cielo alejándose del lugar.
Adriana lanzó un grito desesperada y cayó de rodillas sobre el suelo como si hubiera recibido un disparo. Con el alma destrozada irrumpió en un llanto desconsolado. En ese momento la lluvia cesó y la voz de aquella mujer de larga cabellera roja se dejó oír como un trueno en todos lados:
- Estamos a mano.

(continuará)

Escrito por Christian Eric Lavin Prosen

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