Bienvenidos los viajeros que se apeen en este oasis, cuyas barcas amarren en este muelle... De todo corazón comparto estos relatos cortos surgidos de la contemplación, lo más ingenua posible, de una imágen y la escucha atenta de una melodía en particular.

miércoles 27 de agosto de 2008

Martina y su perro

Martina avanzó tímidamente hundiendo sus pies en la nieve blanda. Envuelta en bufandas y tejidos repasaba el camino recorrido hacía una hora mientras regresaba de escuchar misa. Sumida en sus pensamientos no se dio cuenta del momento en el que perdió a Céfiro, su pequeño perro y fiel compañero, pero lo cierto es que el pobrecito la esperaría temblando perdido en algún rincón del desierto blanco.

Mientras el viento se clavaba en sus mejillas, la anciana Martina, de cuerpo pequeño, recordó las preocupaciones que distrajeron su mente una hora atrás. Con su avanzada edad y sus fuerzas flaqueando, ya no podía acarrear la leña ni revisar las trampas, como lo hacía antaño. Cocinar todavía estaba a su alcance y, al menos, disfrutaba hacerlo. “Nada mejor que una liebre estofada en una noche helada” –le decía Céfiro con la mirada. ¡Y vaya que tenía razón!

Frotó sus manos bajo los guantes de piel de alce. ¡Tenía tanto frío!

Mientras miraba a su alrededor no pudo dejar de imaginarse ya de vuelta en su pequeña cabaña, junto a su fiel compañero, recuperándose al calor del fuego. Una vez repuestos, retomaría su lectura en voz alta y Céfiro la escucharía con atención sin mover sus bigotes.

La vejez, la soledad y la pobreza no son un trío bienvenido; sin embargo y aunque nunca les abrió las puertas, se habían instalado hacía tiempo entre las cuatro paredes de su casa.

Se apoyó sobre un tronco a descansar su fatiga y mientras recuperaba fuerzas sintió una ligera presión sobre su pie derecho. Algo había asomado de un hueco en la base de aquel árbol muerto y cuando bajo la vista ya no pudo ver nada. Se agachó con mucho esfuerzo y acercó su cara a la oscuro escondite. En ese instante creyó ver algo entre las sombras y antes de que pudiera reaccionar sintió la húmeda lengua de Céfiro sobre su nariz. Martina y su perro se habían reencontrado por casualidad, como una rara concesión de la vida que aún le deparaba otra sorpresa.

Cuando sus manos rugosas ayudaban a su compañero a salir, palparon una saco de piel conteniendo algo muy pesado. Ante la mirada curiosa de Céfiro, la mujer desató un saco conteniendo algunas decenas de monedas doradas que iluminaron su rostro.

Esa noche, para celebrar, hubo doble ración.

Escrito por ChristianEricLavinProsen el 27/08/08.