Bienvenidos los viajeros que se apeen en este oasis, cuyas barcas amarren en este muelle... De todo corazón comparto estos relatos cortos surgidos de la contemplación, lo más ingenua posible, de una imágen y la escucha atenta de una melodía en particular.

martes 23 de diciembre de 2008

La Dama del Trueno (novela) Cap. 3

Capítulo 3 "¡Que viva el rey!"

Amanecía y bajo un cielo ceniciento, Ernesto –a quien todos apodaban “el maestro”- se encaminó hacia la orilla del mar portando sus implementos de pesca y acompañado del pequeño Jonás. Como tantas mañanas, clavó su porta-cañas en la arena mojada, armó la línea de pesca, encarnó el azuelo y, bajo la atenta mirada de su hijo, comenzó a atravesar las rompientes para lanzar el plomo bien lejos.
Con un hábil movimiento sacudió la caña hacia delante. Mientras seguía la trayectoria del lastre, vio como un bote de madera se dirigía a remo hacia la costa con tres personas a bordo. Su diseño era más bien antiguo, como las ropas de su reducida tripulación.
Ernesto volvió a la orilla sin prestarles mayor atención y, tras fijar su caña al soporte de metal, Jonás le señaló el horizonte. El miró sobre su hombro creyendo que le indicaba el bote que acababa de ver pero grande fue su sorpresa cuando observó unos cientos de metros mar adentro a un enorme galeón con velas, aparejos y marineros yendo y viniendo sobre cubierta.
Sobre la majestuosa embarcación ondeaba orgullosa la bandera del reino de España.
- ¡Buen día, buen hombre! –dijo uno de los tripulantes al tocar tierra.
Por sus ropas y su porte, daba la impresión de mandar sobre los otros dos. No tenían uniformes por lo que Ernesto pensó que no se trataría de un viaje de graduación de cadetes o algo así. Por lo que sólo restaba considerar la posibilidad de que estuvieran rodando alguna película de época.
- ¿Podría indicarme vuestra merced qué tierras son éstas en las que me encuentro y qué fecha es la de hoy? –Interrogó el hombre a cargo del bote con exquisitos modales y un fino acento español.
- Es… es… esto en Monte Hermoso… -dijo Ernesto tartamudeando- …y hoy es 15. –agregó.
El hombre sonrió satisfecho, aunque preguntó una vez más.
- A riesgo de parecerle desorientado o impertinente… ¿podría asimismo informarme el mes y qué año del Señor es éste? –agregó amablemente el hombre.
- Si…-dijo Ernesto dudando- …hoy es 15 de abril de 2010. –
El hombre sonrió animado y les dijo a los dos marinos que lo acompañaban:
- Es el lugar y el día correcto, vayan y díganle a su capitán que le agradezco de todo corazón la colaboración prestada y su hospitalidad durante los últimos dos años. Finalmente he arribado a mi destino. –
Luego los estrechó en un abrazo y desenvainando la espada que llevaba ceñida al cinturón, la levantó hacia el cielo agregando en voz alta:
- ¡Que viva el rey!-
- ¡¡ Viva el rey !! –le respondieron las voces.
Con este saludo, los dos marineros retornaron al bote y se alejaron de la orilla remando nuevamente en dirección al galeón.
Mientras Ernesto y el pequeño Jonás observaban sorprendidos la escena que se desarrollaba a su derredor, aquel particular personaje, que parecía llegado desde lejanas tierras y desde otro siglo, recogía su magro equipaje y les hacía señas para que lo acompañasen abandonando la playa y adentrándose en el pueblo. Ellos los siguieron como presos de un mandato hipnótico aunque en el fondo sabían que era más que una enorme curiosidad.
El hombre, cansado, detuvo sus pasos, se secó la frente y los invitó a sentarse sobre la arena.


(continuará)

Escrito por Christian Eric Lavin Prosen

viernes 19 de diciembre de 2008

La Dama del Trueno (novela) Cap.2


Capítulo 2 “La casa que sangra”

Adriana se volteó hacia el asiento trasero en el que se encontraba la pequeña con cientos de preguntas atorándose en su boca pero antes de que pudiera hacer ninguna, la niña dijo tomándole la mano:
- Tranquila, están a salvo por el momento... –y como adivinando sus pensamientos agregó- ...y no te preocupes, me encuentro bien. Por cierto, mi nombre es Isabel.
La mujer, completamente asombrada, volvió otra vez su vista hacia delante permaneciendo en silencio al igual que su confundido marido. Mientras la lluvia caía a su alrededor, el coche descendía en medio de la oscuridad más absoluta.
A lo lejos divisaron una débil luz a la vera del camino. A medida que se acercaban los esposos comenzaron a respirar aliviados; se trataba de una cabaña completamente iluminada. Seguro habría allí alguna persona que supiera algo de lo que estaba sucediendo, ya que ni lo que acababan de presenciar ni las explicaciones de Isabel les parecían reales. Necesitaban la “versión oficial”, no sus alucinaciones producto del pánico o las fantasías de una niña desquiciada.
Aunque el viento permanecía implacable sobre la arboleda, la lluvia no caía con la misma intensidad, pareciendo tan solo un fuerte aguacero. Adriana y Julio descendieron del coche y, tras envolver a la pequeña en una de las mantas que traían, se introdujeron en la casa.
La puerta estaba entreabierta por lo que, en vista de la tormenta, entraron sin golpear. Para su sorpresa la cabaña estaba vacía, aunque sobre una mesa había cuatro platos servidos con sopa caliente y una olla en el fuego. Los tres se sentaron. Isabel comenzó a tomar de uno de los platos como si nada hubiera sucedido, mientras temblaba de frío. De repente, Adriana se levantó impulsivamente de la silla.
- Un televisor.
Encendió el aparato pero no había señal en ningún canal y tras unos segundos de ruido blanco, comenzaron a escucharse nuevamente los mismos susurros inhumanos acompañados de risas siniestras.
- No puede ser... –exclamó Adriana- ¿Dónde están todos?
- Es Kariel –dijo la niña sin dejar de sorber la sopa.
- No comprendo... hay electricidad, no hay gente... esa tormenta salida de la nada... –continuó Julio, omitiendo toda referencia a los extraños fenómenos que acaban de presenciar.
- Es mi madre, -insistió Isabel- no dejará en paz este mundo mientras continúe buscándome.
Julio comprendió que no podía seguir negando la veracidad de aquella macabra pesadilla. La pequeña era la prueba viviente de que no se trataba de ninguna ilusión. Indignado con la realidad de semejante experiencia, golpeó la mesa con el puño e increpó a Isabel diciéndole:
- Ya mismo me vas a decir todo acerca de lo que está sucediendo, quién era esa mujer que vimos flotar en el aire, quién eres tú... ¡Todo!
La niña clavó su mirada sobre los ojos de Julio, hizo a un lado el plato que tenía frente de sí y le respondió con impaciencia:
- Lo vengo diciendo desde el primer momento. La mujer de cabellos rojos que vieron hace unos minutos es Kariel, mi madre. Ella es la dama del trueno, ama y señora de las tormentas. Ella es la que causó todo esto... y yo soy Isabel, su hija. Quiere darme caza, ya que he escapado de mi celda...
- ¡Todo esto es absurdo! –interrumpió Adriana- Nadie controla el clima, no existe ninguna “dama del trueno“...
- Tampoco existen personas que floten en el aire ni perros de colores que corran como si estuvieran volando... –reflexionó Julio, bajando la vista.
- ¿Cómo que no? –preguntó Isabel entre enojo y confusión- ...¿De manera que es cierto? No puedo creerlo... Siempre hubo rumores de que los humanos creían que la naturaleza se regía a sí misma, que desconocían nuestra existencia... pero jamás pensé que pudiera ser verdad. ¿¡Qué pensaban entonces!? ¿¡Que los terremotos, las inundaciones... la nieve, el viento... todo pasa porque sí!?
- Pues... sí. –contestó Adriana.
La niña se echó a reír.
- Es la estupidez más grande que escuché en mi vida...
Julio se enfureció y la abofeteó.
- Ten cuidado con lo que dices, pequeña... o ya verás. ¡No somos idiotas! Por lo que a mi respecta todo puede ser parte de algún acto de ilusionismo...
La niña furiosa guardó silencio; le dolía su mejilla y miró al hombre como si fuera a matarlo. Apoyó ambas manos sobre la mesa, sin apartar su mirada. En unos segundos comenzó a escapar humo por entre sus dedos, como si la madera estuviera ardiendo debajo de sus palmas. Luego las levantó dejando ver el perfecto contorno de sus manos grabado en fuego sobre la mesa, dejando dos agujeros sobre el mantel con idéntico dibujo.
Finalmente agregó desafiante:
- Yo soy Isabel, regente de los fuegos menores... y para que no se olviden: es gracias a mí que siguen con vida.
- No puedo creer lo que estoy oyendo... –dijo Julio dirigiéndose a su mujer.
Pero Adriana estaba muy ocupada tratando de escuchar lo que decían las voces del televisor.
- ¡Adriana! ¿Me estás escuchando? –preguntó su marido indignado.
Pero ella no respondió, su rostro mostraba aún más horror que antes.
- “La sangre”… las voces dicen que en esta casa correrá sangre... –
- Oh, yo no me preocuparía... –dijo Isabel imperturbable.
La mujer gritó señalando las paredes. De las paredes comenzaba a brotar sangre, de los techos, tras los cuadros, bajo la mesa, de dentro de la olla, también desde de la pantalla del televisor. Cuando un charco de sangre empezó a filtrarse por debajo de la puerta de entrada, Julio se puso de pie y se dirigió hacia ella.
- ¡No salgas! –le advirtió la niña- Es un truco barato.
Pero él, haciendo caso omiso a sus palabras, abrió la puerta y salió afuera. Allí la lluvia continuaba pero no se veía ni una sola gota de sangre. Detrás de su marido salió velozmente Adriana y, tras ella, también lo hizo Isabel.
Julio avanzó unos pasos en la oscuridad, dio media vuelta y cuando se encogía de hombros sin entender lo que sucedía, un tornado salido de la nada lo levantó en el aire como si fuera una hoja seca y tras elevar su chimenea, este se perdió en el cielo alejándose del lugar.
Adriana lanzó un grito desesperada y cayó de rodillas sobre el suelo como si hubiera recibido un disparo. Con el alma destrozada irrumpió en un llanto desconsolado. En ese momento la lluvia cesó y la voz de aquella mujer de larga cabellera roja se dejó oír como un trueno en todos lados:
- Estamos a mano.

(continuará)

Escrito por Christian Eric Lavin Prosen

La Dama del Trueno (novela) Cap.1

Capítulo 1 "La Tormenta"

Aquel atardecer calmo anunciaba lo que sería una perfecta noche estrellada. La leña seca crepitaba en la fogata prolijamente rodeada de piedras. Muy cerca, una carpa transparentaba el ir y venir de una linterna recorriendo cada rincón, cada bolsillo de las mochilas, cada pliegue de las bolsas de dormir, en una búsqueda infructuosa. Julio decidió por fin abandonar la empresa y retornó al tronco que, a modo de asiento, se apostaba a la vera del fuego.
El pequeño campamento se levantaba sobre un claro del bosque, oculto por cipreses, coihues y araucarias. Desde la altura, podía observarse los intensos destellos rojos que acompañaban a aquel ocaso mientras el sol se perdía entre las montañas.
De pronto, el murmullo de la pinocha quebrándose bajo unos pies, anunció la presencia de una mujer acercándose. Era Adriana que volvía trayendo un pequeño telescopio y una cámara fotográfica.
- Ah… -dijo Julio al ver a su esposa- encontraste la cámara, di vuelta la carpa buscándola…
- Como siempre…las mujeres somos más eficaces –contestó ella con una sonrisa.
Momentos más tarde, Julio ajustaba el telescopio en dirección a la luna para sentarse luego, otra vez, junto al fuego. Adriana también se acomodó cerca de la fogata y dirigió su mirada sobre los ojos grises de su esposo. Las llamas teñían su rostro de rojo, naranjas y ámbar transformando sus facciones de nuevo en las de aquel hombre joven del que se enamoró. La intimidad de un rincón escondido, el manto de estrellas que los cubría y aquella cálida luz que escapaba de los troncos encendidos poseía la magia de volver el tiempo atrás a aquel encuentro fortuito en la puerta de un restaurante. El brillo carmesí de las brasas vestía el rostro de Julio de igual forma que antaño lo habían hecho las luces de un cartel de neón.
Ese austero marco resultaba suficiente para hacer renacer un romance adormilado, entumecido por el paso del tiempo y la rutina.
Julio también la observaba. Le asombró la forma en la que el fuego jugaba con su pelo, cambiando sus tonos a cada instante. Recordó a la joven esbelta de ojos claros que le sonrió avergonzada tras buscar refugio bajo su paraguas en el preciso instante en que terminaba de llover. Sintió renovados deseos de acariciar sus manos, sus curvas y de detenerse en esos labios que acababa de redescubrir.
Apenas se percataron de las miradas mutuas bajaron la vista y sonrieron con timidez. La piel se les erizaba como a dos adolescentes enamorados. ¿Qué era este fenómeno que los estaba transformando tras nueve años de convivencia? Mejor no preguntar y dejarse llevar por aquella extraordinaria sensación.
- Tomémonos una foto. –propuso Julio queriendo capturar la magia de aquel momento.
Colocó la cámara sobre un gran tronco y se sentó junto a su esposa abrazándola como no lo hacía desde hacía tiempo. La luz potente del flash fue señal suficiente de un instante inmortalizado. Ambos esposos se besaron como si acabaran de dar el “sí” en el altar, con sus ojos cerrados, como dicta la ley del amor.
Sin embargo apenas los abrieron una segunda luz blanca iluminó el campamento con el misterio de su origen.
- ¿Qué fue eso? –preguntó Adriana- No vino de la cámara.
¿Acaso habría alguien más espiándolos? No era posible, nadie sabía de aquella “escapada” al sur. ¿Sería tal vez un mirón ocasional?
Enseguida el sordo crepitar de un trueno develó la incógnita. Los dos miraron el cielo, oscuras y densas nubes tomaban posesión de la noche estrellada devorando los astros sin piedad. Al mismo tiempo, numerosos relámpagos presagiaban una tormenta apocalíptica.
- ¿Que hacemos? -le preguntó Adriana a su marido.
Mientras se miraban sin respuestas, la tierra pareció sacudirse bajo sus pies y la cámara fotográfica cayó al suelo tras tambalearse unos segundos. Era claro que aquello no era algo normal. Estaba anunciado un cielo despejado con buena visibilidad y fue por eso que decidieron presenciar el eclipse en el descampado. ¿Y el temblor? No había dudas, lo que fuese que estuviera sucediendo era algo que escapaba a toda previsión.
Cuando comenzó a soplar un fuerte viento, por lo que Julio tomó la decisión de “levantar campamento”. Comenzaron por desarmar el telescopio y a juntar algunas mantas y cacharros apilados en las cercanías de la carpa. Pero, como si la naturaleza no estuviera dispuesta a darles un minuto de tregua, el viento se torno vendaval y comenzó a agitar las copas de los árboles como si fueran apenas pastos altos. Los destellos y el sonido de las descargas se multiplicaban aumentando el ritmo de sus corazones.
Julio le hizo señas a Adriana y juntos tiraron de los vientos del iglú arrancando las estacas en un único movimiento. Tras hacer un precario paquete con la tienda y su contenido le dijeron adiós al eclipse, a su “escapada” y al momento romántico que acababan de vivir.
Corrieron cuesta abajo por el sendero, chocándose con las ramas en su loca carrera. Tan solo les importaba llagar pronto hasta el auto y alejarse de aquella tormenta surgida de la nada. Por fin, encontraron el camino de tierra por el que habían subido hasta aquel paraje. Cargaron en segundos la carpa en el baúl del coche y apenas ubicados en sus asientos, Julio encendió el motor y pisó el acelerador, giró el volante hasta donde le fue posible y en una sola maniobra la trompa del automóvil quedó mirando hacia abajo y comenzó su descenso levantando una gran polvareda tras de sí.
En unos instantes, una noche apacible y despejada había sufrido una ominosa transformación: no se veía ningún astro en el cielo, un viento extremadamente fuerte sacudía los árboles como quisiera arrancarlos de raíz y los relámpagos se habían convertido en los dueños absolutos del horizonte. El sonido de los truenos asemejaba al grito descarnado de mil bestias feroces rugiendo al mismo tiempo. Parecía la pesadilla de algún alma atormentada más que la pavorosa realidad.
La única luz constante era la proveniente de los faros de vehículo que serpenteaba siguiendo como podía las curvas sinuosas del camino. Sólo podían ver unos metros hacia adelante, lo que dejara mostrar los caprichos del trayecto.
De pronto, el auto se sacudió como si la tierra se moviera bajo las ruedas.
- ¿Qué está pasando? –preguntó Adriana aterrorizada.
- No lo sé... –le respondió su marido con la voz temblorosa y tomando su mano por un instante.
Jamás habían experimentado algo semejante. Los relámpagos surcaban el cielo de a cinco o seis en forma simultánea, la tierra temblando cada tanto, aquel viento furioso que sacudía a voluntad la copa de los árboles y arremolinaba millones de hojas que pasaban raudas frente a la luz de los faros. El pavoroso alarido de los truenos que les llevó a pensar que el cielo mismo se estaba partiendo en dos. Todo aquel terror desatado en apenas segundos, todo aquel fenómeno macabro y ni una sola gota de lluvia había caído hasta ese momento.
- ¿¡Qué es esto!? –insistió Adriana- ¡No llueve! ¿¡Cómo puede no llover!?
Aún más inexplicable resultó que en el preciso instante en que la mujer terminó de hablar, dió comienzo un fuerte aguacero.
- ¡Dios mío! –exclamó Julio- No puedo ver nada...
Las escobillas limpiaban el parabrisas a la mayor velocidad aunque no era suficiente, la lluvia era más copiosa que ninguna que hubieran conocido.
- Voy a parar. –exclamó Julio.
- ¡No! –le grito su esposa- ¡Tengo mucho miedo!
- ¡Pero nos vamos a matar! ¡Me puedo salir del camino y caer al vacío!
- No... –le rogó Adriana– No te detengas, por favor...
En aquel momento, la lluvia cesó tan imprevistamente como había empezado y, para sumar más asombro a la pareja, el agua caída comenzó a subir nuevamente hacia el cielo.
- ¿Está lloviendo hacia arriba? –preguntó Julio queriendo comprobar que no estaba alucinando.
- Si...si... ¿¡Qué está pasando, Dios...!?
Adriana empezó a llorar presa de una crisis nerviosa pero su marido no podía ayudarla; simplemente no terminaba de creer aquella pesadilla. Siguió manejando a toda marcha buscando escapar de la tormenta, algún refugio, o una presencia humana que les confirmase que todo aquello estaba sucediendo realmente.
Julio recordó la radio del auto y la encendió. Seguramente podrían enterarse de qué extraño fenómeno se estaba cerniendo sobre el mundo. Sólo estática, en todas las bandas. Una idea terrible se instaló en su mente: ¿Y si fuesen las últimas personas que quedaran sobre la faz de la Tierra?
De repente entre el ruido blanco del receptor comenzaban a oírse voces siniestras como murmullos inhumanos.
-¿Qué pesadilla es ésta? –gritó Adriana mesándose los cabellos.
Finalmente la lluvia invertida también se detuvo y luego de una curva pronunciada, los focos iluminaron fugazmente la figura de una niña de pie en medio del camino, cubierta únicamente con el polvo y las hojas que la tempestad había adherido a su cuerpo.
- ¡Cuidado! –gritó la mujer.
Julio respondió clavando los frenos. El auto se deslizó sin control sobre la tierra mojada deteniéndose milagrosamente a escasos centímetros de la pequeña. Bajaron del coche y corrieron hacia ella para comprobar que se encontrara bien. Temblaba como un animal aterrorizado. Julio le preguntó desesperado:
- ¿Estás bien? ¿Cómo te llamas?
La niña los miró a los ojos brevemente y dejó de temblar. Cambiando completamente su expresión, tomó a Julio del brazo y lo increpó:
- ¡Rápido, tenemos que huir! Kariel no dejará que me marche así...
- ¿Qué? ¿Kariel? –la interrogó Julio- ¿Quién es Kariel?
- Mi madre...no me perdonará que me haya escapado así... es su furia la que está causando esto... ¡Debemos marcharnos de inmediato o me encontrará y les hará daño... les hará daño a todos... no le importará...!
Julio la miró a Adriana.
- Pobrecita, está en shock... subámosla al coche. –
Cuando abrieron las puertas, el cielo se iluminó con una telaraña de relámpagos como nunca la hubo y, en lo alto, Adriana pudo ver a una mujer de largos cabellos rojos flotar literalmente en el cielo mientras sostenía las cadenas que aprisionaban a seis enormes bestias similares a perros feroces. Tres en cada mano. Cada bestia con un color diferente de pelaje, y todas pugnaban por escapar mientras la extraña mujer hablaba con voz potente:
- ¡Mortales, devuélvanme a mi hija!
Al escucharla, Julio empujó a la niña dentro del auto en un desesperado intento de protegerla pero la pequeña volvió a salir inmediatamente.
- Madre... –le contestó la niña- ¡Aparta tu ira de esta gente! Regresa a tus tinieblas y abandona mi cacería.
- ¡Jamás! –gritó la mujer desde lo alto, al tiempo que dejaba escapar a una de las bestias con el pelaje azulado.
Mientras la mujer lanzaba una risa maquiavélica, Adriana le preguntó a la pequeña:
- ¿Qué está sucediendo? ¿qué son esas bestias?
- Son los cancerberos de la noche... –le contestó la niña.
Y poniéndose al frente, le gritó a la pareja:
- ¡Entren ya mismo! ¡Yo la detendré!
Sin saber qué hacer, Julio y Adriana obedecieron, rogando que no le sucediera nada.
La bestia azul corría sobre las nubes como si fuera suelo firme dando zancadas de kilómetros de largo. Avanzaba con la velocidad del rayo y pronto estuvo muy cerca.
La niña levantó sus brazos en alto y con su rostro mirando al cielo, lanzó un grito con voz de trueno, tan potente que los vidrios del coche estallaron en pedazos y la aterrorizada pareja debió cubrirse los oídos con sus manos aunque no pudieron evitar quedarse sordos por unos instantes. El feroz animal pareció quebrarse en miles de partes con aquel alarido y cada trozo de la fiera se convirtió en un cuervo que voló, en bandada, sobre el techo del automóvil. Finalmente, la niña entró por la puerta trasera y Julio volvió a arrancar el motor reanudando la marcha.
En el cielo, la misteriosa mujer desapareció entre un enjambre de relámpagos, reanudándose el aguacero interrumpido aunque, esta vez, el agua nuevamente caía hacia abajo.

(continuará)


Escrito por Christian Eric Lavin Prosen