
Capítulo 3 "¡Que viva el rey!"
Amanecía y bajo un cielo ceniciento, Ernesto –a quien todos apodaban “el maestro”- se encaminó hacia la orilla del mar portando sus implementos de pesca y acompañado del pequeño Jonás. Como tantas mañanas, clavó su porta-cañas en la arena mojada, armó la línea de pesca, encarnó el azuelo y, bajo la atenta mirada de su hijo, comenzó a atravesar las rompientes para lanzar el plomo lo más lejos posible.
Con un hábil movimiento sacudió la caña hacia delante. Mientras seguía la trayectoria del lastre, vio como un bote de madera se dirigía a remo hacia la costa con tres personas a bordo. Su diseño era más bien antiguo, como las ropas de su reducida tripulación.
Ernesto volvió a la orilla sin prestarles mayor atención y, tras fijar su caña al soporte de metal, Jonás le señaló el horizonte. El miró sobre su hombro creyendo que le indicaba el bote que acababa de ver pero grande fue su sorpresa cuando observó unos cientos de metros mar adentro a un enorme galeón con velas, aparejos y marineros yendo y viniendo sobre cubierta.
En lo alto de la majestuosa embarcación ondeaba orgullosa la bandera del reino de España.
- ¡Buen día, buen hombre! –dijo uno de los tripulantes al tocar tierra.
Por sus ropas y su porte, daba la impresión de mandar sobre los otros dos. No tenían uniformes por lo que Ernesto pensó que no se trataría de un viaje de graduación de cadetes o algo así. Por lo que sólo restaba considerar la posibilidad de que estuvieran rodando alguna película de época.
- ¿Podría indicarme vuestra merced qué tierras son éstas en las que me encuentro y qué fecha es la de hoy? –Interrogó el hombre a cargo del bote con exquisitos modales y un fino acento español.
- Es… es… esto en Monte Hermoso… -dijo Ernesto tartamudeando- …y hoy es 15. –agregó.
El hombre sonrió satisfecho, aunque preguntó una vez más.
- A riesgo de parecerle desorientado o impertinente… ¿podría asimismo informarme el mes y qué año del Señor es éste? –agregó amablemente el hombre.
- Si…-dijo Ernesto dudando- …hoy es 15 de abril de 2010. –
El hombre sonrió animado y se dirigió a los dos marinos que lo acompañaban:
- Es el lugar y el día correcto, vayan y díganle a su capitán que le agradezco de todo corazón la colaboración prestada y su hospitalidad durante los últimos dos años. Finalmente he arribado a mi destino. –
Luego los estrechó en un abrazo y desenvainando la espada que llevaba ceñida al cinturón, la levantó hacia el cielo agregando en voz alta:
- ¡Que viva el rey!-
- ¡¡ Viva el rey !! –le respondieron las voces.
Con este saludo, los dos marineros retornaron al bote y se alejaron de la orilla remando nuevamente en dirección al galeón.
Mientras Ernesto y el pequeño Jonás observaban sorprendidos la escena que se desarrollaba a su derredor, aquel particular personaje, que parecía llegado desde lejanas tierras y desde otro siglo, recogía su magro equipaje y les hizo señas para que lo acompañasen abandonando la playa y adentrándose en el pueblo. Ellos los siguieron como presos de un mandato hipnótico aunque en el fondo sabían que no era más que una enorme curiosidad. Fue así que recogiendo la línea recién lanzada y todos su equipo de pescadores, comenzaron a seguirlo.
El hombre, cansado, detuvo sus pasos en lo alto de una duna, se secó la frente y los invitó a sentarse sobre la arena. Los contempló detenidamente mientras su cuerpo comenzaba a relajarse como el de alguien que, luego de vivir en constante tensión por un tiempo prolongado, puede por fin descansar tranquilo y saborear la paz en su espíritu. Pasado un momento el misterioso hombre les habló.
- Veo en sus ojos curiosidad y muchas preguntas... yo también las tendría... -y luego abandonando su acento español por uno inconfundiblemente rioplatense agregó- ¿Saben? Yo también soy de por acá... de hecho nací en Mar del Plata y... ¡Dios! ¡No puedo creer que estoy tan cerca!
Luego de pronunciadas estas palabras el marino recién llegado dejó que las lágrimas largamente contenidas rodaran por su rostro como un represa rota inunda un valle, con el sabor agridulce de un tango repleto de añoranzas.
- Hombre...- lo consoló Ernesto- Tranquilo, ya está donde quería estar ¿no? -agregó “el maestro” disparando en la oscuridad.
- Si, si. -contestó el hombre secándose la cara- Estoy en el lugar correcto y en el momento justo. -y poniéndose de pie nuevamente preguntó- Si me pueden conducir hasta algún lugar donde reponer fuerzas se los agradeceré. Extrajo unas monedas de plata de una pequeñas alforja de cuero ceñida al cinturón y se las dió como retribución.
Ernesto las tomó en su mano pero inmediatamente se las devolvió diciendo:
- No, hombre...guárdelas, que es de gauchada nomás.
Mientras retomaban su caminar, Jonás se volvió hacia su padre y le dijo en voz baja:
- Huele a pescado...
El hombre sonrió, había escuchado al pequeño.
(continuará)
Escrito por Christian Eric Lavin Prosen
Con un hábil movimiento sacudió la caña hacia delante. Mientras seguía la trayectoria del lastre, vio como un bote de madera se dirigía a remo hacia la costa con tres personas a bordo. Su diseño era más bien antiguo, como las ropas de su reducida tripulación.
Ernesto volvió a la orilla sin prestarles mayor atención y, tras fijar su caña al soporte de metal, Jonás le señaló el horizonte. El miró sobre su hombro creyendo que le indicaba el bote que acababa de ver pero grande fue su sorpresa cuando observó unos cientos de metros mar adentro a un enorme galeón con velas, aparejos y marineros yendo y viniendo sobre cubierta.
En lo alto de la majestuosa embarcación ondeaba orgullosa la bandera del reino de España.
- ¡Buen día, buen hombre! –dijo uno de los tripulantes al tocar tierra.
Por sus ropas y su porte, daba la impresión de mandar sobre los otros dos. No tenían uniformes por lo que Ernesto pensó que no se trataría de un viaje de graduación de cadetes o algo así. Por lo que sólo restaba considerar la posibilidad de que estuvieran rodando alguna película de época.
- ¿Podría indicarme vuestra merced qué tierras son éstas en las que me encuentro y qué fecha es la de hoy? –Interrogó el hombre a cargo del bote con exquisitos modales y un fino acento español.
- Es… es… esto en Monte Hermoso… -dijo Ernesto tartamudeando- …y hoy es 15. –agregó.
El hombre sonrió satisfecho, aunque preguntó una vez más.
- A riesgo de parecerle desorientado o impertinente… ¿podría asimismo informarme el mes y qué año del Señor es éste? –agregó amablemente el hombre.
- Si…-dijo Ernesto dudando- …hoy es 15 de abril de 2010. –
El hombre sonrió animado y se dirigió a los dos marinos que lo acompañaban:
- Es el lugar y el día correcto, vayan y díganle a su capitán que le agradezco de todo corazón la colaboración prestada y su hospitalidad durante los últimos dos años. Finalmente he arribado a mi destino. –
Luego los estrechó en un abrazo y desenvainando la espada que llevaba ceñida al cinturón, la levantó hacia el cielo agregando en voz alta:
- ¡Que viva el rey!-
- ¡¡ Viva el rey !! –le respondieron las voces.
Con este saludo, los dos marineros retornaron al bote y se alejaron de la orilla remando nuevamente en dirección al galeón.
Mientras Ernesto y el pequeño Jonás observaban sorprendidos la escena que se desarrollaba a su derredor, aquel particular personaje, que parecía llegado desde lejanas tierras y desde otro siglo, recogía su magro equipaje y les hizo señas para que lo acompañasen abandonando la playa y adentrándose en el pueblo. Ellos los siguieron como presos de un mandato hipnótico aunque en el fondo sabían que no era más que una enorme curiosidad. Fue así que recogiendo la línea recién lanzada y todos su equipo de pescadores, comenzaron a seguirlo.
El hombre, cansado, detuvo sus pasos en lo alto de una duna, se secó la frente y los invitó a sentarse sobre la arena. Los contempló detenidamente mientras su cuerpo comenzaba a relajarse como el de alguien que, luego de vivir en constante tensión por un tiempo prolongado, puede por fin descansar tranquilo y saborear la paz en su espíritu. Pasado un momento el misterioso hombre les habló.
- Veo en sus ojos curiosidad y muchas preguntas... yo también las tendría... -y luego abandonando su acento español por uno inconfundiblemente rioplatense agregó- ¿Saben? Yo también soy de por acá... de hecho nací en Mar del Plata y... ¡Dios! ¡No puedo creer que estoy tan cerca!
Luego de pronunciadas estas palabras el marino recién llegado dejó que las lágrimas largamente contenidas rodaran por su rostro como un represa rota inunda un valle, con el sabor agridulce de un tango repleto de añoranzas.
- Hombre...- lo consoló Ernesto- Tranquilo, ya está donde quería estar ¿no? -agregó “el maestro” disparando en la oscuridad.
- Si, si. -contestó el hombre secándose la cara- Estoy en el lugar correcto y en el momento justo. -y poniéndose de pie nuevamente preguntó- Si me pueden conducir hasta algún lugar donde reponer fuerzas se los agradeceré. Extrajo unas monedas de plata de una pequeñas alforja de cuero ceñida al cinturón y se las dió como retribución.
Ernesto las tomó en su mano pero inmediatamente se las devolvió diciendo:
- No, hombre...guárdelas, que es de gauchada nomás.
Mientras retomaban su caminar, Jonás se volvió hacia su padre y le dijo en voz baja:
- Huele a pescado...
El hombre sonrió, había escuchado al pequeño.
(continuará)
Escrito por Christian Eric Lavin Prosen

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